“Puedes. Es posible. Recuérdalo”

Hacía tiempo que no nos veíamos. Sólo intercambiamos algún tuit y poco más. La semana pasada vino a Valencia, me avisó e hicimos hueco en nuestras agendas para tomar un chocolate y ponernos al día. Andrés es de esas personas que llegan a tu vida para quedarse. Auténtico, generoso y muy vocacional del Periodismo. Le pedí que escribiera un texto para el blog. Es un maestro. Aquí va. Tal cual. Disfrutémoslo.

Andrés Corpas

“No puedes. Es imposible. Olvídate”.

Estoy convencido de que, como a mí, os han entregado el ingrato regalo de esas tres frases. Con lacito y todo. Si no es así, lamento informaros que llegarán pronto a vuestros oídos. Son como las medusas: cuando piensas que puedes darte un chapuzón tranquilamente, aparecen las muy canallas para fastidiártelo. Pero no os preocupéis. Con el tiempo, he aprendido a ser inmune a ellas, como también al café y al poleo menta. Y si escribo este texto es para descubriros cómo.

De acuerdo, esto empieza fatal. Parezco Paulo Coelho en versión moñas escribiendo una versión edulcorada de La La Land. Más si cabe todavía. Y encima, sin conoceros de nada. Porque no sé quiénes sois, lo siento. Sin embargo, tropezaremos pronto por el camino y, por eso, me permito el lujo de explicaros un pedazo de mi vida para que, cuando esas 27 letras pululen por vuestros dominios, sepáis espantarlas. Básicamente, porque no sé hacer otra cosa. Me encanta comunicar. En todas sus versiones. Por eso vivo en Barcelona desde hace siete años, aprendiendo cada día algo nuevo y ofreciendo todo lo que tengo en cada pieza que escribo en el diario El Mundo. Allí habita mi firma desde 2002 en la sección de Deportes.

Andrés Corpas comenzó en el periódico de la CEU-UCH
Andrés Corpas comenzó en el periódico de la CEU-UCH

Todo comenzó a los pocos meses de entrar a estudiar en la CEU-UCH. Me planté en la redacción del Quince Días (hoy El Rotativo) con un imposible bajo el brazo. Iba preparado para escuchar las cinco palabras que más se han repetido en mi vida, pero entonces aparecieron Anunciación Ramírez y compañía y me dijeron todo lo contrario. Tengo la impresión de que pensaron que estaba loco, ya que mientras hablaban yo iba mirando para ver por dónde venía luego el puñetazo verbal. ¿En serio creían que podría entrevistar a Luis García Berlanga? ¿De verdad me ponían a una fotógrafa para plantarme en el rodaje de París-Tombuctú en Valencia e ir por la cara a pedirle que hablara con un don nadie como yo? Pues sí. Y temblando, conseguí que me atendiera y me regalara un consejo que he seguido al pie de la letra.

Por lo visto, a veces se puede. En ocasiones es posible. Igual hay que acordarse de esto.

Allí estuve un año, sin que me llamaran loco por mis salvajes ocurrencias. Luego me planté en Radio Godella para dirigir El Rotgle, donde igual entrevistaba a Andreu Buenafuente tras esperar a su lado de pie durante una interminable firma de libros, que me iba a la Mostra de Valencia a charlar con Álex Angulo mientras conocía al director David Marqués, o me las ingeniaba para poder conocer a fondo a una banda de música. Porque siempre había ganas de saber más. De descubrir más. De hacerlo mejor. De pulir detalles. De pasármelo bien a pesar de los pesares.

Y es que por cada “sí”, escuchaba “no” un millón de veces.
Pero cada “sí” cundía por un “no” repetido un millón de veces.

El trabajo le ha permitido conocer a grandes deportistas, que hoy son amigos.
El trabajo le ha permitido conocer a grandes deportistas, que hoy son amigos.

Ahí estaba, contando cada “sí” y cada “no” aunque sea de letras puras, cuando de repente Jandro Roures se puso a leer en voz alta mi currículum vitae. El Mundo de Castellón quería contratarme. De nuevo, alguien creyó en mí, aquel soñador que venía de hacer radio y cultura y se proponía escribir en prensa de deportes. Como quien reta a Karlos Arguiñano a hacer un puchero pese a no haber pisado nunca una cocina. Allí empecé cubriendo fútbol regional, vela, fútbol sala, natación, waterpolo, aguas abiertas, baloncesto, balonmano, hípica, motociclismo, boxeo, ciclismo, pilota valenciana y hasta colombicultura (competiciones de palomas mensajeras, para entendernos). Pensaba que duraría poco. Que un día, sin más, me dirían muchas gracias, ha sido un placer, nos lo hemos pasado genial pero ahí está la puerta, acuérdate de cerrarla al salir y si eso no te asomes por ella nunca más.

Aun así, fui pasando pantallas como en un videojuego.

Siempre tenía la impresión de que me quedaría sin vidas. Y en cambio, seguía la partida. Querían más de mí. Es más, un día me anunciaron que cubriría la información del Villarreal. Tenía 25 años y un ojo tiritando de repente. Era el miedo, que sale por donde menos te lo esperas. Debía viajar con el equipo allá a donde fuera. A cualquier lado. Toma papeleta. Temí no estar a la altura, aunque toda la trinchera que fui elevando durante el tiempo anterior me benefició. En esos años supe picar piedra, hacer el encofrado y hasta ser el capataz de la obra. Sin prisa. Porque todo lo bueno siempre llega.

La clave reside en confeccionar un estilo y serle fiel. Siempre habrá a quien le guste y a quien no. Pero si creéis en él, el resto os resbalará. Disfrutad hasta el final. Si os lo pasáis genial redactando una pieza, vuestros lectores también. En ese sentido, he tenido mucha suerte. Siempre he encontrado a mi lado a alguien en mitad de la nada que me ha apoyado. Nunca he publicado dos textos similares, como tampoco dejo de recoger referencias en cada libro que leo, en cada película que veo, en cada museo que visito, en cada disco que escucho, en cada vivencia que protagonizo, en cada charla que tengo.

De nada sirve un periodista que no sigue formándose, que no es inquieto. Que no abre bien los ojos y se queda con cada detalle que hay a su alrededor. Y menos todavía, que no pisa la calle porque encuentra más apasionante buscar noticias en una pantalla de ordenador que no en el asfalto. Las mejores historias se alojan entre las personas. Encima, si las contáis sin pareceros a los demás, tendréis mucho adelantado. A mí me funciona y me encanta.

Ser periodista deportivo conlleva sacrificos, pero también grandes satisfacciones.
Ser periodista conlleva sacrificios, pero da grandes satisfacciones.

Por supuesto, hay una letra pequeña en este contrato. Durante los cinco años que seguí al Villarreal viví acontecimientos inimaginables, conocí a gente fantástica y visité rincones únicos. También me presentaron, sin cita previa, al estrés. Apareció mientras entregaba crónicas justo cuando el árbitro pitaba el final del partido, o cuando me mordía la lengua justo después de que alguien marcara un gol en el último minuto (Diego Forlán, esto va por ti en el Vicente Calderón) y me tocaba rehacer todas mis palabras. No importaba. Cubrí eventos en todo el mapamundi, e hice entrevistas fantásticas e imborrables: viví cada día de Marcos Senna durante la Eurocopa de 2008 como si estuviera dentro de su maleta, Joan Capdevila me explicó qué se siente tras besar la Copa del Mundo, Robert Pires me confesó cómo pudo haber sido un galáctico del Real Madrid mientras posaba con su Ferrari nuevo, y además fui de los pocos que pudieron charlar en privado con Juan Román Riquelme… ¿Cómo no me lo iba a pasar bien?

Cuando vuelvo a cruzarme con un ex futbolista amarillo, no paramos de contarnos batallitas. Ellos y ellas forman parte de mi vida desde entonces. Los vi ganar, perder, reír, llorar, bailar (os lo prometo), e incluso firmar autógrafos en el fin del mundo. Siento deciros que por el camino perdí parejas, tiempo junto a mi familia y mi núcleo duro de amistades. Sacrifiqué mi estabilidad por agotar una parte de mi existencia con un portátil al lado y unas maravillosas vistas al otro. Pero lo entendían y respetaban. Y eso me reconforta.

Porque no me arrepiento. Estaba cumpliendo un sueño y viviendo una vida.

Cuando penséis que habéis llegado a vuestro tope, que es imposible superar el listón, recordad esto: es mentira. Queda más. Mucho más. Nunca encontraréis las puertas del cielo. Me lo recordaron Begoña Pérez, Fran Chacón y Antonio Díaz, tres de mis mejores apoyos profesionales y personales, justo cuando mi confianza estaba en reserva. Ni ella ni yo lo sabíamos, pero meses más tarde, Francisco Cabezas me llamó a filas. Si uno de los mejores cronistas y periodistas deportivos te ofrece ir a trabajar a su lado, vas. Me costó medio segundo aceptar la propuesta y mudarme a Barcelona para cubrir la información del Barça y del resto de modalidades.

Andrés aceptó al instante la propuesta para mudarse a Barcelona y cubrir la información del Barça.
Andrés aceptó al instante la propuesta para mudarse a Barcelona y cubrir la información del Barça.

Él no lo sabía, pero toda mi gente sí: de pequeño insistía en que un día sería periodista allí.

Aquello fue como si el universo entero se abriera en mi ventana. Me salvó conocer el periódico,  tener una buena base profesional y que él y Amadeu Garcia fueran compañeros y familiares a tiempo parcial. Porque fui completamente solo. A la aventura. Como había sido durante los cinco años anteriores mientras daba tumbos de un lado a otro del planeta. Llegué pensando que duraría poco, como aquella primera jornada en el Quince Días, en la radio y en la delegación de Castellón. Me conformaba con poder publicar una pieza de nuevo desde el Camp Nou, o entrevistar a algún jugador del Barça. Ya ni os cuento charlar un poco con maestros como Ramon Besa, quien siempre me regala un buen consejo cuando se lo pido, o deleitarme en persona de los textos de profesionales que ahora puedo llamar compañeros y amigos, e intentar que se me pegara algo de esas instituciones a las que siempre he admirado. Porque vine a aprender. Sin ningún otro propósito. No en vano, aquí están las letras de grandes periodistas y profesores. Por fortuna, siempre me han rodeado en la universidad y en las redacciones.

Ahora bien, he tenido que mejorar. Y mucho. Si me paro, se acabó el juego. Pitido final. Cuando vas todos los días al Camp Nou a informar del Barcelona, debes estar al máximo nivel. Aunque también cuando preparas una pieza del Espanyol o de baloncesto. El periodismo ni se crea ni se destruye (aunque algunos se empeñen en ello): se transforma. Quien no entra en la rueda se va fuera. Y ahí vosotros vais en la primera posición. Yo me empeño en ello cada día.

Uno de ellos, en una conferencia en la Universitat Autònoma de Barcelona, expuse mi teoría actual: existe un periodismo ocasional. Dura poco porque se aloja en las redes sociales. Se basa en unas pocas líneas, a veces elaboradas a la carrera porque se exige inmediatez, y su importancia perece en cuanto se publica. Sale a la luz y va camino de la muerte.

Para Andrés, la entrevista es un intercambio de información.
Para Andrés, la entrevista es un intercambio de información.

En mi caso, siempre he escrito con la firme intención de que mis textos perduren. Por eso considero cada línea algo único. Como también cada historia. No entiendo una entrevista como una colección de preguntas y respuestas. Más bien, como un intercambio de información. Me quedo con algo de cada entrevistado, intento ir más allá de sus méritos y trato de conocer su interior. Sea Daniel Alves, David Villa, una rueda de prensa de Pep Guardiola o Luis Enrique, una conversación a fondo con Diego López o con quien sea.

Me ayudó mucho que Andrea Fuentes, ejemplo de deportista y de persona, rompiera mis axiomas y me ofreciera un punto de vista diferente. O que Ona Carbonell dijera que sí con su sonrisa a mis locuras sin poner impedimentos. También, que Mireia Belmonte y su entrenador, Fred Vergnoux, me permitieran ver sus entrenamientos extremos. O que Melani Costa me recordara que hay que empatizar aún más si cabe en ocasiones. Sí, volví a escribí de natación como en mi tierra. Por eso, y en vista de que acumulaba un montón de historias que no podía publicar sobre este tema, recopilé todas en un libro que era también una reivindicación del deporte femenino: Las damas del agua.

Las damas del agua es también una reivindicación del deporte femenino.
Las damas del agua es también una reivindicación del deporte femenino.

Era mi gran sueño. Ser escritor. Imaginad cuando firmé libros en Sant Jordi por primera vez.

Con todo, si algo he aprendido de las crónicas deportivas es que hay muchos participantes y un único campeón. Yo no sabía qué era contar victorias hasta llegar a Barcelona. Mis mayores éxitos publicados fueron un subcampeonato de Liga, el ascenso del Castellón a Segunda División y una Supercopa de España del Playas de fútbol sala. Os confieso que si tengo fotografías con trofeos del Barça o natación es por aquellos futbolistas, compañeros y amigos que nunca han rozado un título. He besado dos veces la Copa de Europa por aquella generación de jugadores del Villarreal que se quedaron a un penalti de la final. Yo estaba allí convirtiendo en palabras su pena. Transmitir las lágrimas con letras es una sensación terrible. Las alegrías se escriben solas. Por eso cumplo con esta tradición. Además, ¿quién me lo iba a decir cuando entré en el Quince Días?

Antes de saborear el triunfo, hay que comer derrotas.

Y ya está. Creo que os lo he contado todo. O, para ser sincero, casi todo. No pensaréis que esto se acaba aquí, aunque al final me he emocionado (culpa de Coelho, sin duda) y no os he explicado alguna de las muchas historias que he vivido. Mejor. Así, el día que nos crucemos, porque nos cruzaremos, tendremos una excusa fantástica para hablar largo y tendido. Sobre todo, de esas cinco palabras que son en realidad cuatro. De esas tres frases que mutarán y se convertirán en una cantinela que veréis de vez en cuando, como las medusas en el mar. ¿No las veis venir allá a lo lejos?

“Puedes. Es posible. Recuérdalo”.

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