Virtudes de algunos políticos, por Remigio Beneyto

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Quizá, en una encuesta general, el artículo sería corto. Dos palabras: ninguna virtud. Parece que los políticos tengan intereses, no virtudes.

No comparto esta opinión. Para mí la política es necesaria, conveniente y honra a los que a ella se dedican. Hay miles y miles de mujeres y hombres que se dedican al servicio del interés general en el gobierno y la administración local, autonómica y estatal; hay miles de hombres y mujeres que integran el poder legislativo del Estado y de las Comunidades Autónomas y que representan directamente al pueblo español.

Hay muchos hombres y mujeres que no entran en política por miedo a perder profesionalidad, intimidad, o incluso dignidad: en cambio hay otros que quizá no sean los mejores, ni los más competentes, pero estoy convencido de que, además de generosidad, tienen cualidades positivas como éstas:

Coherencia personal e institucional:

En esas mujeres y hombres hay madurez personal, hay identidad. Nadie puede guiar un pueblo o una nación si su vida discurre sin control, como barco a la deriva. Nadie es digno de confianza si es una caña sacudida por el viento o una veleta que gira sin parar. Es difícil confiar en alguien que reniega de sus raíces, de su historia, incluso de su familia, pretendiendo, a la entrada en la madurez, instaurar un mundo nuevo, totalmente distinto. ¿Cómo puedo fiarme de usted? ¿Quién me asegura que no volverá a renegar de lo que ahora me presenta? ¿Cómo puedo fiarme de alguien que durante el día clama por la revolución y durante la noche duerme entre algodones? ¿Cómo puedo fiarme de alguien que predica honradez y moralidad y oculta corrupción y desvergüenza?

Pero además, en nuestra regulación democrática, estos hombres y mujeres se presentan bajo las siglas de unos partidos políticos con determinados programas. La coherencia institucional exige la fidelidad y el cumplimiento de ese programa. Exige no defraudar ni engañar a los votantes. Exige tener claro en cada momento que son representantes del pueblo que ha confiado en ellos para defender y poner en práctica un determinado programa de gobierno.

– Cultura del encuentro y del diálogo:

He visto a esos hombres y mujeres con ganas de crear, de aunar, de tender puentes, de crear lazos, de apoyar iniciativas, propuestas y mociones de otros grupos políticos, pero, al final, en demasiadas ocasiones acaba triunfando la separación y la confrontación. En definitiva prima el interés del partido político sobre el interés general. He visto la prosperidad de ayuntamientos en los que todo o casi todo se aprobaba por unanimidad y el desastre de otros acuciados por la división. Es cierto que se precisaban horas y horas de negociación, de aproximación de posturas, de potenciar lo que une y de debilitar lo que separa, pero sé que es posible.

También sé que hay algunos con los que resulta difícil encontrarse, porque no dialogan, sino que rebuznan, pero incluso con ellos hay que esforzarse. Hay que confiar en el otro, valorarle positivamente y estar convencido de que el encuentro con el otro me enriquecerá si me acercó a él con actitud abierta y sin prejuicios.

Pero al consensuar uno ha de saber hasta dónde está dispuesto a ceder: no sea que pierda su identidad o que esté irreconocible, simplemente para alcanzar el poder o perpetuarse en él.

fuente: recursosparacatequesiscatolica.blogspot.com
fuente: recursosparacatequesiscatolica.blogspot.com

– Saber esperar:

Recuerdo que los proyectos de estos hombres y mujeres eran a largo plazo. El consenso era necesario. Las capillitas tienen nombre, las catedrales son anónimas. Las grandes obras se construyen lentamente. Hay que ser paciente, perseverante, no precipitar.

A algunos les vence la prisa, y las prisas son malas compañeras. Y es que el tiempo se les agota. Sus miras son siempre a corto plazo, como máximo a cuatro años.

-Actitud de servicio:

Mujeres y hombres que conciben su cargo como servicio al bien común. Muchos de ellos se sienten pequeños ante la responsabilidad que asumen, pero saben que es temporal, que están de paso. Algunos se planteaban: ¿Qué hago aquí? ¿Por qué sigo? Conocen que otros y otras les han precedido y han podido. Saben que al final, después del servicio prestado, la sensación del trabajo bien hecho al servicio del pueblo será su recompensa. Si lo hacen por dinero, a excepción de la justa retribución por el tiempo prestado, mal; si lo hacen por honores y por vanagloria personal, mal, porque no la van a encontrar. Nunca se legisla ni se gobierna a gusto de todos. Gobernar es establecer preferencias, saber diferenciar el bien del mal, reconocer lo que es justo. Son fundamentales el buen entendimiento y el respeto. Hombres y mujeres que están en la arena, que conocen las preocupaciones y las angustias de sus gentes, y ponen todo su esfuerzo en remediarlas. No caben ya políticos aislados. Sí caben reflexivos, prudentes, con vida interior pero no refugiados en un burbuja. Han de ser sensibles a las necesidades y si no las conocen desde la vivencia, es difícil que lo sean.

– Saber distinguir lo importante de lo accesorio:

El trabajo, la cobertura de las necesidades mínimas, la atención a los dependientes, los derechos fundamentales y libertades públicas, la enseñanza, la sanidad, …son prioridades a los que deben atender esos hombres y mujeres. Hay muchísimos otros temas que son accesorios, aunque enerven a las masas y den colorido.

– Ilusión y esperanza:

Quien alberga esperanza, no tiene miedo. Lo penoso es la mediocridad, el batallón silencioso de los que miran y no actúan. Pero esos políticos que conocí, que conozco, luchan diariamente por la libertad, por la justicia y por la paz. Y lo hacen con la ilusión de servir a su pueblo, como la noble tarea que lo es: renunciar a lo propio por el servicio al bien común.

A todos estos políticos coherentes, dialogantes, pacientes, perseverantes, respetuosos, conscientes de su responsabilidad, ilusionados y esperanzados, que crean espacios de libertad y creatividad, honor y gloria.

*Artículo publicado en el Diario Las Provincias, el 3 de julio de 2016, por Remigio Beneyto Berenguer, Catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado en la CEU-UCH y miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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