10N ¿Y ahora qué?

En un régimen parlamentario, las elecciones legislativas sirven para dos cosas
principales: generar la representación nacional y predeterminar la composición de
la mayoría parlamentaria necesaria para formar primero, y sostener después, un
determinado gobierno. Si el resultado de aquellas da lugar a un mayoría
parlamentaria monocolor o, en su defecto, produce una formación en posición
cuasi-mayoritaria, la formación de un gobierno capaz de gobernar durante la
duración de la Legislatura será sencilla. Así ha sucedido entre 1979 y 2015, años en
los que o bien un partido igualaba o superaba la mayoría absoluta (176 escaños), o
bien se hallaba cerca de la misma de tal modo que podía obtener complementos de
pequeño tamaño que permitían alcanzar aquella. Desde entonces, ninguno de los
tres Congresos elegidos ha producido una situación parlamentaria igual o similar.
Hay que advertir que, a diferencia de lo que sucede en otros regímenes
parlamentarios, en el español la Constitución es especialmente rigurosa en punto a
la exigencia de mayoría, toda vez que existe un completo paquete de leyes
importantísimas que no se pueden ni producir ni modificar sin contar con la
mayoría absoluta precitada.

Con la Cámara recién elegida se sigue el patrón establecido en 2015: no existe
ningún partido en posición mayoritaria o cuasi-mayoritaria. La lógica
parlamentaria en tal situación exige que la indispensable mayoría para producir
primero y sostener después a un Gobierno exija el recurso a mayorías de coalición
integradas por dos, o más de dos partidos, que usualmente están asociadas a
gobiernos asimismo de coalición. En estos momentos, en Europa, todos los
supuestos en los que la mayoría necesaria exige la formación de una coalición
parlamentaria están asociados a un gobierno de coalición, sin mas excepción que la
danesa. Entre nosotros, no obstante, la formación de coaliciones tropieza con un
obstáculo cultural: las dos principales formaciones políticas por su tamaño e
implantación conservan la mentalidad propia de gobiernos monocolores apoyados
en mayorías ( absolutas o simples) asimismo monocolores, que se alternan en el
ejercicio del poder. Como lógico reflejo las minorías tienden a conservar la
mentalidad propia de partido opositor. La cultura de coalición , que sí opera en los
niveles inferiores de gobierno, no se ha expandido , hasta la fecha, al nivel nacional
de gobierno.

Los estudiosos de las coaliciones tienden a suscribir un conjunto de criterios que
permiten discriminar aquellas condiciones políticas en las que una coalición puede darse y ser exitosa.

  • El primero de ellos es el del número mínimo: una coalición será tanto más probable, y tendrá mayores posibilidades de funcionar y ser duradera,
    cuanto menor sea el número de socios necesarios para alcanzar la mayoría ( en
    nuestro caso 176 votos en el Congreso). Dicho criterio señala que si es posible
    formar mayoría con dos partidos no se recurrirá a un tercero ( posibilidad que se
    daba en la anterior Legislatura, pero no en la actual).
  • El segundo de ellos es que la regla anterior rige para el caso de partidos adyacentes, pero que si la formación de mayoría se puede obtener con dos, pero esto dejaría un espacio político vacío entre los socios, la necesidad aconseja incluir en la coalición al partido intermedio, aun cuando numéricamente no fuere necesario.
  • El tercer criterio señala que una coalición será más estable si los socios no compiten entre si, que si se hallan en competencia en un espacio electoral común ( por eso es tradicionalmente muy estable la combinación PNV/PSE-PSOE en el gobierno vasco ).
  • El cuarto criterio señala que la estabilidad y coherencia de una coalición es inversamente
    proporcional al número de socios: cuanto más socios más débil e inestable será la
    coalición y viceversa. Dicho lo cual conviene ver el resultado salido de la elección
    del domingo.

Por de pronto, queda claro que ninguno de los partidos tradicionales se halla en
posición mayoritaria o cuasi-mayoritaria. El PSOE con 120 escaños y el PP con 88
se hallan muy distantes de la segunda posibilidad ( que exige cerca 160 escaños),
por no hablar de la primera. A renglón seguido, cabe anotar que ninguna de las
coaliciones basadas en los pretendidos “bloques” ideológicos alcanza la mayoría y
exigen, en ambos casos, el concurso de al menos tres partidos: Izquierda:
120+35+3= 158; Derecha: 88+52+10= 150. Y, además, en ambas hipótesis, se trata
de partidos competidores entre sí. No parece que la formación de un gobierno con
capacidad para aprobar presupuestos y sacar adelante leyes orgánicas y ordinarias
esté al alcance de alguna de las dos.

Si la mayoría monocolor no existe, y las coaliciones de bloque no suman, cabría
pensar en una coalición más amplia. Aquí la derecha juega con desventaja, porque
los posibles socios fuera de bloque son siempre partidos de defensa de la periferia
(o directamente separatistas) y el tercer partido del país y segundo del bloque es
partidario de un centralismo radical: solo el bloque de izquierda puede buscar
socios fiables entre los partidos de base territorial. Estos pueden subdividirse
entre partidos leales al sistema y los que no lo son (en todo o en parte). Los
primeros son de muy pequeño tamaño, darían paso a una posición de conjunto
muy débil ( 158+2+2+1+1= 163) y exigirían una coalición de siete partidos. Muy
sólido no parece. Las cosas serían aun más complejas si se incorporara el PNV: la
coalición alcanzaría los 170 escaños, a falta de seis, y supondría hacer depender el
gobierno del apoyo de un partido semi-leal. Como los votos disponibles más allá se
corresponden con partidos no leales ( ERC ,CUP, Bildu, JxC) tal vez sería posible
obtener una investidura; pero si lo fuere, una base parlamentaria que incluye 8
formaciones políticas sería tan frágil como difícil de gestionar: la Legislatura sería
verosímilmente agitada y breve.

Cabría explorar la viabilidad de una coalición mayoritaria fuera de los bloques (si
es que estos tienen consistencia real, cosa que dudo). En este supuesto cabrían dos
posibilidades: o bien una coalición bipartita al estilo alemán ( 120+88= 208), o
bien una coalición bipartita que incluyera al partido intermedio entre ambos
(120+88+10= 218). Ello aseguraría una coalición mayoritaria amplia y sólida, lo
que vendría facilitado por el hecho de que los socios posibles son partidos
moderados y que, más allá de la retórica y el postureo, sus posiciones no son tan
distantes como para ser incompatibles.

Empero ,en ambos casos tendría dos serios inconvenientes: supondría un gobierno de todas las fuerzas del “régimen del 78” y dejaría la oposición en manos de partidos cuya lealtad al sistema es cuestionable (Vox y UP) o son directamente hostiles. Son partidos “fuera del arco constitucional” ,y podría dificultar la alternancia. Podría ser una solución de emergencia al efecto de proceder, mediante un acuerdo supermayoritario, a las reformas pendientes que la situación del país reclama (constitución, autonomías, pensiones, sistema fiscal, electoral y de partidos, mercado de trabajo… cuanto
menos), un acuerdo para una Legislatura reformadora de corta duración ( como
tope dos años) y consultar después al electorado en un marco institucional
renovado, pero no parece recomendable como una fórmula ordinaria de gobierno.
Eso sí, parece la opción menos mala cuya alternativa es peor: la continuidad de la
parálisis e ir a las urnas con un gobierno en funciones mas o menos entre Fallas y
Pascua.

Y, como cantaba Pi de la Serra, si alguien no está de acuerdo que coja la guitarra y
me critique a mi.


Si quieres, puedes leer otro artículo del Catedrático Manuel Martínez Sospedra sobre los diferentes factores que influyen en el comportamiento electoral.

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