Tres visiones del neoliberalismo en perspectiva de clase

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En los primeros años 80, explican Manfred B. Steger y Ravi K. Roy, fue abriéndose paso la propuesta monetarista de gobernanza para las administraciones públicas. De entrada, reconsideraba el estatus de ciudadano en los términos propios del estatus de cliente o consumidor y jaleaba un tipo de gestión inspirado en el espíritu de ganancia, en el mismo plano de acción que la actividad empresarial, esto es, en la innovación y la mejora constante de la productividad en un entorno crecientemente competitivo. La nueva gubernamentalidad (neoliberal, según la denominación escogida por muchos de sus críticos) se mostraba encastrada en valores empresariales tan típicos como la competitividad, la preeminencia de los derechos de propiedad o la descentralización y concentración del capital. La consecución de los objetivos perseguidos exigía la integración regional y global de las economías nacionales y la creación de nuevas instituciones políticas internacionales o la adaptación de algunas multilaterales ya existentes, con capacidad de reafirmación del paradigma neoliberal.

Cierto es que la modalidad liberal de gobernanza siempre exigió la autorregulación de los mercados como guía de acción para un gobierno eficiente. Pero la propuesta neoliberal no se manifestaba, desde luego, como una nueva versión de gestión de los recursos públicos orientada a la prosecución del bien común o el interés general, por la vía de participación de la sociedad civil o, menos todavía, de la búsqueda de la justicia social. Los neoliberales recurrían a las tecnologías de gubernamentalidad a imagen y semejanza del mundo de los negocios: proyectos de desarrollo de planes estratégicos y esquemas de risk-management dirigidos hacia la generación de plusvalías; análisis de costes-beneficios y otros cálculos de eficiencia; privatización de empresas de titularidad pública como culminación de las tendencias a la contracción de los dispositivos de gobierno (a menor protagonismo de las políticas públicas, “best-practice governance”); selección de objetivos determinados mediante mediciones cuantitativas; estrecha supervisión de los resultados y práctica desatención a los fines; individualización de cometidos; establecimiento de reglas de desempeño, etc.; y la introducción de modelos de elección racional que internalizaban y, así, cubrían la apariencia de estandarización de comportamientos orientados al mercado que legitimaban importantes reducciones de impuestos (preferentemente, para las rentas del capital o rentas del trabajo muy elevadas) o justificaban fuertes recortes de los servicios sociales y programas de protección pública o la sustitución de medidas propias del Welfare por otras más próximas a la idea del Workfare. La política económica por excelencia fue construyéndose por acumulación de las decisiones para la desregulación de múltiples actividades mercantiles y el protagonismo de medidas monetaristas para el control de la inflación. Asimismo, por el establecimiento de condiciones económicas, políticas y sociales para la sobreexplotación de la fuerza de trabajo en el nombre de la productividad y la flexibilidad, por la descarada permisividad del fraude fiscal para las grandes fortunas y la suavización de los controles sobre las finanzas globales y los flujos de comercio.

En el último cuarto del siglo XX, por primera vez en la historia, quedó establecida una única política económica global. La globalización ha sido y es el escenario para el desarrollo de la política económica de los neoliberales. El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y el Banco Central Europeo, entre otras instituciones, gestionan su desempeño. El despliegue del neoliberalismo se debe a dos factores especialmente relevantes, tal y como ha subrayado Alfredo Saad-Filho: la radicalización del conservadurismo en Estados Unidos, Reino Unido y algunas otras potencias, y la creciente influencia de los tecnócratas afines a las propuestas ortodoxas y el nuevo institucionalismo. Pero el neoliberalismo es, sobre todo, un acontecimiento político.

Las políticas neoliberales encuentran su principio de justificación en la premisa que afirma la mutua exclusión del mercado y el Estado. Mientras los mercados son eficientes (causa sui), los Estados son ineficientes: la intervención pública crea problemas económicos sistémicos, especialmente respecto a la asignación de recursos, el proceso de rent seeking (mediante el que individuos y corporaciones intentan influir en los gobernantes para promover sus propios intereses y, en particular, para adquirir flujos de rentas, de dinero) y las innovaciones tecnológicas. Estas guías para la acción implican que ciertas políticas económicas devengan naturalmente consecuentes: 1) Las que propicien el debilitamiento de los Estados a fin de instituir contextos de “libre mercado”; por ejemplo, mediante la privatización y desregulación de la actividad económica. 2) Políticas fiscales y monetarias ajustadas al control de la inflación. 3) La liberalización de las importaciones y la devaluación de los tipos de cambio o la devaluación interna, promoviendo la especialización de acuerdo a las ventajas comparativas, el estímulo de las exportaciones y la potenciación de la competitividad en los mercados exteriores. 4) La liberalización de los flujos de capital, con vistas a la inversión exterior y el incremento de las posibilidades de inversión interior. 5) La desregulación del sistema financiero doméstico, orientada al incremento del caudal de ahorros y el ratio de retorno de las inversiones. 6) La flexibilidad del mercado laboral. 7) Adaptación del sistema jurídico, con el objetivo del refuerzo de la protección de los derechos de propiedad. 8) Una concepción de las instituciones democráticas fundamentada, mejor que en la protección y salvaguarda de los derechos de la ciudadanía, en el propósito de reducir el poder del Estado y de eliminar cualquier atisbo de participación democrática en las decisiones de política económica.

Para la perspectiva de clase, el capitalismo mantiene la constante de la destrucción de oportunidades existenciales, tanto para los individuos como para los grupos sociales más desfavorecidos. Lo cierto es que los resultados económicos de los últimos treinta años, tanto en los países ricos como en los pobres, han sido decepcionantes. La pobreza no se ha reducido significativamente y las desigualdades, al interior de los países y, en términos comparados, entre ellos mismos, se han incrementado sustancialmente. Y la última de las grandes crisis sistémicas, la de 2008, ha supuesto una magnífica oportunidad, bien aprovechada por las élites políticas y económicas, para el establecimiento de inmejorables condiciones para el incremento de la tasa de ganancia y la acumulación, con lo que cabe prever el correlativo movimiento en los niveles de pobreza y desigualdad. Siguiendo a Saad-Filho, entre los factores explicativos del fracaso del neoliberalismo destacan estos: 1) Las reformas neoliberales introducen políticas que destruyen gran número de empleos y cierran empresas (víctimas de un contexto que empuja a la ineficiencia), mientras se pide calma hasta que la “nueva situación de mercado” genere alternativas, esto es, que las “fuerzas de mercado” se activen por un acto de fe. Esta estrategia raramente funciona. El impacto depresivo de la eliminación de las industrias tradicionales no suele encontrar el consuelo de una compensación por la vía de una rápida evolución de otras nuevas inversiones industriales, con lo que advienen inevitables incrementos en el desempleo de larga duración, se disparan las situaciones de pobreza sobrevenida y se multiplican las probabilidades de entrada en el callejón sin salida de la marginación y la exclusión social. Y, por supuesto, las cuentas públicas de las economías afectadas no suelen salir bien libradas. 2) La fe de los neoliberales en los mercados autorregulados no es, apenas, nada más que una recuperación de los principios más elementales de la teoría económica neoclásica. 3) La falsa dicotomía entre el Estado (siempre derrochador y vicioso) y el mercado (siempre eficiente y virtuoso) se utiliza, una y otra vez, para justificar, precisamente, la intervención del Estado a favor del capital (por ejemplo, la diferencia de las ayudas públicas a las familias y a los grandes accionistas de los bancos). De hecho, los Estados y los mercados son, al mismo tiempo, imperfectos y complementarios. Lo que, per se, debería justificar la necesidad de muchas instituciones establecidas, a menudo, en los límites de los espacios público y privado.

Y es que las políticas económicas, a menudo, subsumen modos de interacción entre los espacios público y privado. En no pocas ocasiones, el desarrollo de los mercados exige la mediación pública. El Estado estabiliza la estructura institucional y regula las transacciones del mercado, incluyendo los derechos de propiedad, y garantiza el cumplimiento de los contratos. Asimismo, el Estado regula la provisión y funcionamiento de las infraestructuras, gestiona y modula las condiciones del mercado de trabajo y controla los posibles conflictos sociales, entre otras muchas funciones de aseguramiento de la estabilidad estructural, sin perjuicio de la dudosa neutralidad del Estado a propósito de la defensa de los intereses de clase. Por supuesto, los Estados suelen estar constitucionalmente atados a la defensa de las posiciones de las clases dominantes y casi todos han estado históricamente vinculados a los desarrollos de los mercados, la regulación del empleo asalariado y la protección de las actividades orientadas al logro de beneficios. Las prioridades políticas de las instituciones públicas se han visto frecuentemente influidas por los grupos hegemónicos. Incluso, algunos Estados mantienen una fuerte dependencia de la reproducción del gran capital, de sus cuentas de resultados.

En nuestros días, las altas fracciones de clase de las clases capitalistas transnacionales, abrigadas, a menudo, por las grandes corporaciones financieras, actúan como líderes en el grupo de las clases capitalistas transnacionales en el ejercicio de su común dominación, al modo en que los Estados Unidos actúan como líderes entre el grupo de naciones imperialistas. Las relaciones entre tales naciones, como ocurre entre las clases capitalistas transnacionales, son de cooperación pero también de rivalidad. Claro que en la historia del capitalismo abundan los hechos y fenómenos de orden político, económico, social o cultural en correlación, interdependientes e interfuncionales aunque, en no pocos supuestos, dotados de importantes grados de desarrollo autónomo. Para dar cuenta de la multiplicidad de factores y elementos que se cruzan en los tiempos del capitalismo, los estudiosos han establecido distintas categorías analíticas: transformaciones institucionales, ondas largas, cambio tecnológico, tendencias de rentabilidad, modelos de competitividad, políticas estructurales o sociales y relaciones políticas.

Para Gerard Duménil y Dominique Lévy, el neoliberalismo designa una forma de capitalismo, la resultante de las revoluciones corporativa, financiera y managerial del siglo XX. El neoliberalismo y el imperialismo constituyen las formas de poder global en el actual estadio del capitalismo. De ahí la oportunidad y pertinencia del recurso a la noción de hegemonía (no se trata, en sentido estricto, de la proposición de Gramsci). La globalización neoliberal es una estrategia del imperialismo que cuenta con la colaboración de las clases dominantes nacionales. La finalidad de tal estrategia es la mejora sustancial de la tasa de ganancia y la acumulación mediante, entre otras prácticas, la imposición de condiciones de competitividad que implican fuertes presiones a la baja de las obligaciones fiscales y sociales y la distribución de los ingresos por la vía de la minoración o desaparición de las transferencias, la desregulación financiera, la liberalización de las transacciones comerciales y la precarización de la fuerza de trabajo. O la imposición de bajos precios de los recursos naturales e inversiones de cartera y directas. De manera que, atendiendo a la dinámica histórica de la hegemonía, el neoliberalismo puede explicarse como hegemonía de clase. La línea de salida de este nuevo ciclo del capital quedó trazada en 1979, cuando la Reserva Federal tomó la decisión de aumentar los tipos de interés a la vista del comportamiento de la inflación. La hipótesis central que Duménil y Lévy dan por verificada es que todas las dinámicas del capitalismo-bajo-el-neoliberalismo, tanto nacionales como internacionales, son determinadas por los nuevos objetivos de clase en beneficio de los grupos de elevados ingresos, propietarios capitalistas y fracciones de los altos managers, sobre todo, de las corporaciones financieras. La fuerte tendencia a la concentración de capital en favor de una privilegiada minoría es un logro crucial del nuevo orden social y político, concluyen los autores referidos.

En cualquier caso, lo cierto es que al interior del liberalismo histórico han discurrido múltiples enfoques teóricos y no siempre en la misma dirección. Por ejemplo, el liberalismo fundacional de Adam Smith tiene muy poco en común con el de Milton Friedman. Y el institucionalismo liberal de Keohane y Nye muestra más semejanzas con las proposiciones de las escuelas institucional y realista que con la tradición ortodoxa. Por el momento, los neoliberales comparten, gustosamente, con los neoconservadores, además de su ideología economicista, un muy semejante ideario político, social y moral. No obstante, la observación de los desarrollos de las formas del capitalismo revela pronto la autonomía relativa de los epifenómenos que de ellas se desprenden. Así, la representación típico ideal sería la del espíritu del capitalismo respecto de la ética calvinista y el salto histórico del individualismo desde los ritos mágicos de salvación. Al fin y al cabo, el individualismo conforma un elemento central en la economía política capitalista y proporciona una potente estrategia analítica. Ahora bien, no existe una relación fuerte entre el individualismo de las corrientes neoliberales que presiden la economía política dominante y el que pensó Adam Smith, imbuido de una tensión inevitable entre el interés individual y el colectivo, y la sensibilidad frente a los problemas de la pobreza y la desigualdad. Y por si quedara alguna sombra de duda, la revolución marginalista de finales del siglo XIX proscribió los enfoques colectivistas, de clase, acogiéndose a un decidido individualismo metodológico. En fin, muchas de las proposiciones fundamentales del capitalismo han sufrido los efectos del transcurso del tiempo. Quizá algunas de las que constituyen los pilares centrales de la época del neoliberalismo corran una suerte semejante a la del individualismo fundacional. Con arreglo a la experiencia histórica de los distintos liberalismos, son muchos los neoliberales que sostienen que el neoliberalismo no es más que el liberalismo de nuestros días (por ejemplo, el prestigioso analista Martin Wolf rechaza vehementemente el prefijo “neo”). Sin entrar en el debate del estatus epistemológico de la narrativa neoliberal y descontando la problemática proposición de la periodización analítica del liberalismo, parece fuera de discusión que el capitalismo haya conocido distintos estadios y que, incluso, pueda hablarse de variedades de capitalismo. Eso sí, entre otras constantes, destaca la tendencia hacia la acumulación, y la polarización social y económica. También, su naturaleza cíclica. Pero lo que está por venir no obedece a ningún determinismo.

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