El sí-mismo y la reflexividad

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Charles Horton Cooley, al igual que George Herbert Mead y otros autores de la Escuela de Chicago, comprendió la formación de la personalidad como la internalización individual de los roles sociales, esto es, de los modos y normas de intervención y guía para la acción dados en el medio social. La sociedad era un proceso orgánico y el desarrollo individual formaba parte del proceso social. La teoría sociológica pudo aprovechar muchas proposiciones de la obra de Cooley acerca del proceso de socialización, los aspectos sociales de la conciencia o los grupos primarios. Contando con los estudios de William James, la contribución de Cooley a la idea del sí-mismo fue desarrollándose a través, sobre todo, de su concepto del reflected self (sí-mismo reflejado) y el looking-glass self (sí-mismo espejo). La observación del comportamiento social de sus hijos llevó a Cooley a la idea del looking-glass process. Los niños perciben las reacciones de sus padres no sólo mediante la comunicación verbal sino que, además, se fijan en la mirada y los gestos faciales en tanto revelan una cierta suerte de actitudes que proveen a la imaginación infantil de datos que, a su vez, permiten el conocimiento de sí a través de los ojos de los demás. Nos vemos, pues, tal y como imaginamos que los demás nos ven. Aún más, el proceso del looking-glass da comienzo con el primer día de nuestra existencia. La conciencia del propio ser consiste en la constante adaptación a los modos de pensar y actuar de los demás. Se trata de un factor de excepcional significación para la formación de la personalidad.

La “conciencia del yo” se descubre a través de las reacciones de los demás. El juicio de uno mismo surge, en buena medida, de la imagen que refleja el espejo social. De este modo, la percepción de los juicios de los demás define nuestro yo social. El sí-mismo es un producto social. Ahora bien, se trata de un proceso dinámico que acompaña a los cambios de relación entre el individuo y el grupo. El looking-glass self es, básicamente, el producto de nuestras interacciones con los demás y nuestra interpretación de tales interacciones. Así que de ello depende nuestra autoestima. En definitiva, con la idea de “la propia imagen en el espejo”, en primer lugar, imaginamos cómo ven los demás nuestras acciones; después, imaginamos cómo nos juzgan; posteriormente, experimentamos ciertos sentimientos al respecto; y, al final, adaptamos nuestro comportamiento de acuerdo con todo ello. El sí-mismo es un reflejo de las actitudes y comportamientos de los demás. Cabe pensar, pues, en una fuerte afinidad entre el individuo y el grupo social: a lo largo de toda su vida, el individuo crea y mantiene vínculos estrechos, incluso cerrados, con las personas de sus círculos más cercanos, y consigue dar un cierto sentido a su pensamiento y acción. La interacción al interior del grupo transcurre, además, durante un considerable periodo de tiempo. Por eso, los vínculos afectivos y emocionales se asientan sólidamente.

Sostuvo Cooley que los grupos primarios, en sus varias formas de desarrollo, existían en todas las sociedades, esto es, las asociaciones face-to-face y la cooperación formaban parte de la experiencia universal. En el seno del grupo se producía y reproducía una “cierta fusión de personalidades”. La estrecha interacción intragrupal conformaba un a modo de we-feeling, de manera que el verdadero sí-mismo se desarrollaba en la vida del grupo. Era, precisamente, el sentimiento de “nosotros” el que caracterizaba “una cierta fusión de individualidades en un todo común”, que se dirigía más hacia lo grupal que hacia lo meramente individual. Y respecto de las llamadas variables de pauta, la forma básica de interacción en el grupo primario era la cooperación, sin perjuicio de su diferenciación en subgrupos y la competencia que pudiera presentarse a estos efectos. Lo que más importaba era el que el grupo compartiera una identidad de fines, corolario del sentimiento de “nosotros”. La “sensación del todo” implicaba la “mutua identificación” y la “simpatía” al interior del grupo. Incluso la misma relación grupal era un fin en sí.

El sí-mismo tenía que ser reflexivo, es decir, podíamos comportarnos como un objeto para nosotros mismos, pensaba George Herbert Mead. Así, llegábamos a conocernos gracias al “Otro Generalizado”, en los términos de Mead, esto es, el “mí” del que “yo” soy consciente. El Otro Generalizado viene a ser el efecto de nuestra comprensión de las actitudes de los demás hacia nuestra persona. El sí-mismo comporta dos fases: el “mí” (asunción del Otro Generalizado”) y el “yo”. Este último actúa frente al “mí” en el seno del sí-mismo hasta que resulta la internalización del “yo” en el “mí”. El “sí-mismo” es un producto de la experiencia social (y, más específicamente, del lenguaje). En Mead, la identidad social depende del equilibrio entre el “mí” que ha interiorizado el “espíritu” del grupo y el “yo” de la afirmación individual en el grupo.

En la actualidad, la teoría sociológica sigue manteniendo la estrecha dependencia social de la formación de las identidades individuales. Sin perjuicio de que cada individuo sea único y diverso, por más que la construcción social del sí-mismo pase por la mediación de la socialización temprana y las interacciones sociales de la vida cotidiana. De manera que, en los términos de Richard Jenkins, la identidad social y la individual se ensamblan una con la otra, se producen por procesos análogos y son intrínsecamente sociales. De acuerdo a la teoría interaccionista de Mead, la garantía del acoplamiento de la identidad social y la individual reside en el hecho de que el sí-mismo se constituye al paso de las interacciones de significado con el Otro Generalizado, experiencias sociales estructuradas (es decir, el Otro Generalizado) que nos proporcionan definiciones de nosotros mismos. “Somos lo que pensamos que otros piensan que somos”.

Pero no hay un perfecto paralelismo entre los procesos de formación de la identidad individual y la social. Martin Albrow ha puesto en tela de juicio la pacífica asunción de una relación de equivalencia entre la formación de la identidad individual y la de la identidad social. Y en la esencia del sí-mismo hay un lack, un déficit, ha advertido Paul Kennedy. Ni el “yo” ni el “mí” pueden formarse sin el concurso de influencias externas a la propia vida social. Además, la formación del ‘yo’ discurre por sendas de autonomía para la internalización de las experiencias sociales. Los individuos van construyendo su biografía al paso de los estímulos culturales y las relaciones sociales. La identificación social se produce en función de la posición de clase y estatus en la estructura social. En cualquier caso, hay un debate abierto, al respecto, inscrito en el general de la estructura y la subjetivación, esto es, de la fuerza determinista de las condiciones objetivas de existencia y de los procesos de subjetivación.

En el tiempo de la postmodernidad y el acontecimiento de la globalización, no sólo es ya que el espacio público, la economía o la burocracia conformen mundos separados del espacio privado de la familia o los círculos de amistades, sino que ambos espacios, el público y el privado, están sometidos a una creciente complejidad que se refleja en las estructuras cognitivas. Una pluralidad de mundos de la vida que no puede sino condicionar las evaluaciones individuales, los procesos de subjetivación. Anthony Giddens propone una explicación evolucionista del cambio social fundamentada en la idea de la reflexividad individual, en el pensamiento y acción individualizados. La reflexividad se manifiesta, sobre todo, en la progresiva remoción de los lindes del espacio y el tiempo. La postmodernidad se concibe en los términos de poder de superación de los límites espacio-temporales, con el resultado de que cada aspecto de la vida social se convierte en objeto propio de una elección reflexiva.

Según Stuart Hall, se solapan dos vías de identificación (contradictorias). Por una parte, la formación de la identidad individual responde a la intensidad de la subsunción de los elementos prescriptivos provenientes de las prácticas discursivas, de sus sanciones psicológicas. El individuo aprende a identificarse con las representaciones coherentes con su propia conciencia y a distanciarse de las que no representan las propiedades que él mismo reconoce como afines. De manera que hay lugar para la reflexividad, para la autonomía, en suma. No existe nada semejante a un comportamiento mecánico en las interacciones entre el individuo y el grupo social. La identidad social no es la variable independiente de la identidad individual. Más bien, insiste Giddens, la identidad individual exige la construcción de una biografía ordenada y coherente, reflexiva, que permita afrontar la multiplicidad de influencias propias de la época. Con la aceleración de la movilidad geográfica y el crecimiento de los efectos de la multiculturalidad, se despliega el abanico de referencias, experiencias, posibilidades y oportunidades de vida para individuos y grupos sociales.

El alcance multidimensional de los cambios acaecidos en el último decenio del siglo XX y el primero del XXI está fuera de toda duda. Algunos acontecimientos parecen haber resultado decisivos: la caída del muro de Berlín, la radicalización del conservadurismo, el proceso de la globalización, la tendencia hacia la regionalización económica y política, los ajustes en los Estados-nación, y la polarización económica y social. También, la revolución de las tecnologías de la información y el ascenso de la economía inmaterial (y la especulación financiera). La globalización ha propiciado la expansión mundial del neoliberalismo (y a la inversa), el imparable ascenso de las corporaciones transnacionales, la desregulación de los mercados financieros y la emergencia de nuevas potencias económicas, además de un sinfín de consecuencias para la estructura social. A este último respecto, con el desmantelamiento de la sociedad salarial, deploran Alain Touraine y Robert Castel, entre otros muchos, la cohesión social ha iniciado un camino de quiebra ineluctable.

El sí-mismo de la postmodernidad se ve abocado a una identidad social debilitada, lo que, por su cuenta, ha de afectar necesariamente a la solidez de la solidaridad y cooperación sociales. Tal y como anticipó Giddens, las prácticas sociales tradicionales van siendo arrumbadas en favor de nuevas abstracciones (como, por ejemplo, “los mercados”) que ocupan los lugares propios de las formas de vida tradicionales y locales. Este incremento de la reflexividad conlleva una reducción de la relevancia de lo que se entiende como “dado” o “fijado” en una sociedad particular. Las sensibilidades postmodernas han tomado por asalto los límites, los fines, los confines, las expectativas y las certezas que habían estructurado el mundo de la vida en la modernidad.

La noción de individuo arquitecto de su sí-mismo en virtud de la racionalización de sus experiencias, esto es, el sujeto capaz de producir sus propias condiciones de existencia, es un legado del humanismo. Pero el postmodernismo ha desechado la idea de un sujeto situado en el corazón de los procesos sociales y culturales. En cualquier caso, el humanismo nos dejó una noción de sujeto individual como un sí-mismo unitario, como si cada individuo mantuviera una identidad única, la de un individuo “individualizado”. Ahora bien, sucede que el sujeto de la época postmoderna carece de un núcleo fuerte de identidad; el sí-mismo ya no es inmutable ni estático. En la era de la “modernidad líquida”, siguiendo la conocida proposición de Zygmunt Bauman, las identidades fluyen de múltiples creencias e ideas. Las identidades se sitúan frente a un escaparate variado y cambiante, de pertenencias y referencias. La identidad individual se desenvuelve, entre idas y venidas, entre trayectos discontinuos y de escasa coherencia. Los marcos referenciales se desplazan; se abren intersticios de influencias en la forma de renovados factores y elementos coadyuvantes a la generación o destierro de las razones de identidad. El sí-mismo, en situación de extrañamiento, discurre entre compromisos efímeros, paradójicamente enfrentado a la contradicción entre las ataduras (que confieren certeza y seguridad) y la frustrada capacidad de descubrimiento (que trae incertidumbre y desamparo). La quiebra de referentes esenciales (y el debilitamiento de instituciones que proveían de seguridad, acompañamiento y protección, como la familia o el Estado) se resuelve en una forma de identidad como “el combate simultáneo contra la disolución y la fragmentación”. No es que la “individualidad líquida” extrañe una identidad sólida y estable, que podría sentirse como una coerción, una restricción de la libertad de elección y acción. La “modernidad líquida” misma es expresiva de múltiples referencias y guías de acción social que se hacen más o menos significativos en los procesos de subjetivación de las experiencias sociales.

El proceso de subjetivación es una construcción continua y coligada a determinadas experiencias. La identidad individual va modelándose en función de los ajustes de integración de los rasgos comunes a la sociedad total, cada vez menos “comunes”, por cierto, en virtud de la creciente heterogeneidad social y las particularidades individuales y grupales. Las viejas formas y tradiciones que atrapaban a los individuos en “carcasas” de roles sociales definidos se han venido abajo. Aunque con agregados de materiales dispersos, el individuo de nuestro tiempo construye su identidad. A pesar del sinfín de fuerzas deterministas que envuelven a las oportunidades de vida.

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