Nacionalismo y “etnicismo” como razones de identidad política

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1.
A estas alturas, ya no hay duda de la potencia inscrita en determinados rasgos diferenciales para su contribución, a menudo, decisiva, a la construcción de una identidad grupal, a pesar de la creciente heterogeneidad. Así, el origen nacional o regional de los individuos y grupos sociales, su estatus social y político, sus características étnicas, su memoria histórica y colectiva o sus creencias religiosas, entre otros.

Las teorías mejor aceptadas, en estos días, a propósito de las identidades étnicas y nacionales explican sus condiciones de emergencia y desarrollo como efectos de los cambios sociales que trajo la modernidad. Para un prestigioso grupo de analistas, las naciones fueron fruto de la imaginación de las élites modernas (así, para Benedict Anderson) o, simplemente, una invención (así, para Eric Hobsbawm y Ernest Gellner). Sus explicaciones enfatizan el carácter instrumental de la nacionalización de la identidad política. En casi todos los supuestos, se trataría del resultado de una estrategia de las élites locales. Según Gellner, las naciones mismas fueron un producto del momento histórico definido por la formación de la sociedad industrial. La nación ofrecía un escenario propicio para el desarrollo y fortalecimiento de la exigencia de homogeneización social que exigía la propia viabilidad de la sociedad industrial. En la visión de Hobsbawm, el nacionalismo fue, de hecho, una respuesta al problema de legitimación del Estado. El nacionalismo surgió de las necesidades de orden político, no de orden económico. De manera que se convirtió en un factor de primer orden para la consolidación de los Estados modernos, que requerían formas distintas de legitimación a las tradicionales de los Estados teocráticos o dinásticos. La idea original del nacionalismo se orientaba a la creación de Estados “grandes”, y de ahí la importancia de los objetivos de unificación y expansión territorial. Según Anthony Marx, que participa de la visión del nacionalismo europeo inicial como efecto de las revoluciones del siglo XVIII, la afirmación de la identidad nacional irrumpió como una fuerza liberal de lealtad y defensa del carácter laico de los Estados emergentes, un compromiso coherente con el principio de gobierno del pueblo y con una declarada voluntad de poder soberano al interior de sus límites territoriales. Todavía más, algunas proposiciones (así, la de Walker Connor), explican el nacionalismo como un fenómeno específicamente histórico que surgió con el advenimiento de la revolución francesa, sin perjuicio de que, eventualmente, pudiera mostrarse algún otro acontecimiento significativo como inicio de la periodización del fenómeno nacionalista; por ejemplo, la partición final de Polonia en 1795. El nacionalismo implicaba la forma Estado-nación, el punto de encuentro entre el poder institucional y la lealtad del pueblo. Hasta tal punto que, para Gellner y Hobsbawm, el valor normativo de la nación no puede disociarse de la forma Estado-nación. Observan estos autores, pues, al nacionalismo como un movimiento unificador orientado a la creación del Estado moderno, tal y como muestra la Europa del siglo XIX.

Por su parte, la explicación “etnosimbólica” de Anthony D. Smith adopta una posición crítica frente a las explicaciones “instrumentalistas”. Su principal argumento es que, mientras el nacionalismo es un fenómeno moderno, las naciones iniciaron su andadura en periodos premodernos. En muchos casos, la modernidad solamente se limitó a la reactivación, por adaptación al nuevo escenario político, de las identidades étnicas existentes. Los enfoques “instrumentalistas”, subraya Smith, toman a las naciones como meros instrumentos culturales y políticos en las manos de élites o “protoélites” que promueven la movilización de las masas mediante la llamada emocional a una común por más que ficticia identidad nacional. Se trata de una visión ampliamente compartida por estudiosos tradicionalistas o conservadores. Las teorías del nacionalismo de Hobsbawm, Anderson y Gellner contradicen, pues, a las “esencialistas”, para las que la nación no es una construcción social sino el corolario de lazos de pertenencia tales como la etnia o la confesionalidad religiosa, y hunde sus raíces en la misma naturaleza humana. La filosofía política conservadora ha tratado de justificar el proceso de nacionalización de la identidad política recurriendo a la idea de la representación del carácter “esencial” de la identidad nacional. Los conservadores no cuestionan la naturaleza de la relación entre la nación “étnica” y el Estado “político”. La identidad política y la ciudadanía se funden con la identidad étnica en la forma de una supuesta identidad “esencializada” que sustenta el modelo de Estado-nación y excluye a los que muestran su diferencia étnica. Asimismo, la lealtad política del pueblo queda bien resguardada en su apariencia de legitimidad histórica.

La idea de la identidad nacional, constituyente de la esencia del nacionalismo, irrumpió en la esfera de la política, en el siglo XIX, con fervor casi religioso, y popularizó la creencia de que la heterogeneidad cultural de los “nacionales” encerraba una amenaza muy real para la unidad y existencia misma de la nación. De modo que cualquier afirmación de identidad distinta de la nacional debía ser irremisiblemente arrumbada. Daniele Conversi sostiene que el nacionalismo no puede ser comprendido si no se pone en relación con el (devastador) impacto de la modernidad; sobre todo, con el proceso de la industrialización y su efecto de clausura de los estilos de vida tradicionales, las culturas y hasta de las comunidades que lo sufrieron. La victoria del nacionalismo comportó un efecto de sustitución del espíritu de las viejas comunidades (una idea inaceptable para Gellner y Hobsbawm, por cierto). La identidad nacional pronto logró situar a las otras razones de identidad colectiva en una posición de subordinación, cuando no logró su pleno desplazamiento. Probablemente, porque la heterogeneidad étnica o, simplemente, las inclinaciones heterónomas de los “nacionales” interrumpían la linealidad necesaria para la progresión misma del proyecto nacional. Incluso las lealtades étnicas y las prácticas religiosas de los “nacionales” debían someterse a una posición de rango inferior al de la identidad nacional, sin perjuicio de la construcción arbitraria de una identidad cultural con materiales imaginarios. Se trataba de levantar barreras contra la pluralidad, la diferencia y la diversidad. Los Estados-nación fueron consolidándose merced al aprovechamiento político de las razones a disposición para la afirmación de su identidad. La nación moderna no fue solamente una invención o el reconocimiento de una comunidad imaginada, sino que también constituyó el gran (en algunos casos, el único) recurso de unificación de individuos y grupos sociales. La identidad nacional, constituida en clave de homogeneidad, se postulaba como el gran factor de unidad y solidez.

La modernización de los Estados-nación pudo valerse de la fuerza de subjetivación de las características lingüísticas, la herencia histórica o los orígenes étnicos. Además, los lazos comunitarios resultaron magníficas herramientas contra la operatividad de la metáfora de la lucha de clases (así, por ejemplo, la identidad nacional como unidad de voluntad, “principio espiritual de una nación”, en la elaboración de Ernest Renan). Lo que no indujo, por cierto, a que, al interior del materialismo histórico, los fenómenos de psicología colectiva y los procesos de subjetivación cobraran el mismo interés que las condiciones objetivas que marcaban los modos y relaciones de producción. Las identidades narrativas coadyuvan, de modo preeminente, a la estabilidad y reproducción de los grupos sociales. Para muchos estudiosos, son las que presiden los procesos de subjetivación. La consecución de una identidad social homogénea, reproducida y articulada gracias a las virtudes funcionales de una narrativa muy eficiente, conformaba una potente alternativa a la identidad de clase (y otras formas de identidad social). Al fin y al cabo, las clases sociales siempre presentaron tendencias marcadamente endógenas y hasta “transcomunitarias”. Y la conciencia de la propia situación en relación con la de los demás se desarrolla, mejor que en la situación de clase, en el grupo de estatus, es decir, en el grupo social por definición. En la tradición teórica marxista ortodoxa, las diferencias de estatus y las razones de identidad y conciencia de sí quedan enclaustradas en alguna superestructura (así, el nacionalismo es considerado como una expresión ideológica, de falsa conciencia). Por supuesto, no deberían haberse desligado las razones de identidad social de las relaciones de dominación (que fundamentan la construcción tipológica weberiana de los Estados) ni de las ideologías de masas (que, finalmente, llevaron a los trabajos de los frankfurtianos acerca de la industria cultural y la cultura de masas). Durante el proceso de modernización de los Estados-nación, la ideología del nacionalismo se hizo fuerte a partir de la creencia en la condición natural de la identidad nacional (para Max Weber, se trataba de un específico sentimiento de solidaridad que coligaba las “memorias de un destino político común”, escribió en su Economía y sociedad; tal sentimiento coincidió con la emergencia del poder estatal). Hay una clara correlación entre la emergencia de los Estados y la de las naciones. Pero el nacionalismo es, también, un fundamento de legitimación de la voluntad popular y una manifestación de lealtad al poder del Estado.
2.
Manuel Castells fue de los primeros en advertir el renacimiento de las identidades primarias y las referencias procedentes de la etnicidad y la nacionalidad, y la creciente viabilidad de formas extremas de identidad política. Tales fenómenos se explicaban como efectos de la resistencia al impulso de homogeneización que acompañaba al avance globalista, de la perentoriedad de “estrategias de salvación” en la forma de afirmación de identidades construidas “a la defensiva”, decía Castells, especialmente por parte de sectores sociales en riesgo permanente de exclusión social o de grupos insurgentes en el nombre de las identidades étnicas o nacionales.

La globalización ha potenciado las afirmaciones de identidad política. Es lo que deja ver el fenómeno del “global political awakening”, en expresión de Zbigniew Brzezinski. Si la emergencia de nuevas élites transnacionales implica la superación de las dependencias nacionales, el desplazamiento de los particularismos culturales ha espoleado, a modo de compensación, las reacciones “etnicistas”. A este respecto, tal y como ha subrayado Conversi, llaman la atención ciertos paralelismos entre los procesos de la industrialización y la globalización, que actuarían a modo de factores de promoción de los nacionalismos y los conflictos étnicos. En concreto, si la industrialización destruyó las viejas fronteras locales y regionales para levantar otras nuevas, nacionales, la globalización suma un cúmulo de redes corporativas y supranacionales que se superponen sobre todas las anteriores, aunque ninguna o casi ninguna de las nuevas “fronteras” resulten identificables, en un mapa político, como marcadores de entidades “soberanas”; al menos, por el momento. Y hay que contar con la sociedad civil transnacional (todavía, eso sí, en situación embrionaria) o, en los mínimos, con su punta de lanza, la formada por las organizaciones no gubernamentales, compuestas por miembros de múltiples nacionalidades que colaboran en la consecución de objetivos diversos de interés transnacional; también, por las organizaciones intergubernamentales y por las comunidades transnacionales en forma reticular. En esta época de globalización, la identidad política excede los límites materiales e inmateriales expresivos de la forma Estado-nación.

Sin embargo, el nacionalismo excluyente va ganando en eficiencia, tanto al exterior, frente a otras unidades políticas, sociales o económicas, como al interior, contra los diferentes. Así, el factor xenófobo ha logrado una más que preocupante retroalimentación positiva. La intensificación de las formas de rechazo que sufren los inmigrantes (en función de su origen étnico y su situación de clase) en muchos de los países de nuestro entorno económico y social, especialmente en Estados Unidos y la Unión Europea, por parte de amplios sectores de las clases trabajadoras, no es tanto de corte cultural como económico. Forma parte del paisaje que ha quedado después de la batalla de las deslocalizaciones, los estragos de la desindustrialización y la precarización de las oportunidades vitales; un paradójico efecto político de la frustración que provoca el ensañamiento con que los principios de competitividad del mercado global se aplican a las víctimas propiciatorias de la situación de mercado, es decir, las que alimentan, un día y otro día, el crecimiento de la pobreza y la desigualdad. Por otra parte, en defensa de unas posiciones de mercado muy distintas a las de los sectores sociales inmersos en la precariedad o la exclusión social, algunas élites (nacionales) de poder han reaccionado contra la marcha de los acontecimientos. Se trata, sobre todo, de empresarios que se llevan mal con las condiciones de competitividad de los mercados desregulados y presionan a los poderes públicos, con el apoyo de pequeños comerciantes y productores que viven de los mercados domésticos, para el establecimiento de barreras contra la liberalización del comercio, e incluso abogan en favor del alzamiento de formas proteccionistas de la producción nacional. Por supuesto, también se han hecho muy visibles los grupos organizados de la extrema derecha, en la forma de partidos o movimientos, que se pronuncian contra la libre circulación de personas. Pero el auge de la extrema derecha europea o norteamericana no se debe, únicamente, a la crisis económica y la ineluctable globalización o al rechazo a la multiculturalidad. En el caso europeo, el envejecimiento de la población, el agotamiento del Estado del bienestar, los conflictos ligados a los flujos migratorios, y otros fenómenos más, han provocado una dinámica favorecedora de un clima social muy conveniente a la extrema derecha, que también se hace patente en el miedo difuso al cambio social, las reticencias ante cualquier propuesta de innovación del modelo económico, el conservadurismo político y social o la crispación en torno a los “agravios comparativos” que ha de “soportar” la comunidad nacional. Puede que, con el concurso de estas y otras actitudes del mismo espectro ideológico, acabe consolidándose una identidad política aún peor encarada.

Desde luego, las diversas comunidades étnicas que forman parte de las sociedades políticas de muchos Estados-nación, antaño étnicamente homogéneos, representan un permanente cuestionamiento de la identidad étnica y nacional de tales sociedades, que alcanza, con mucha frecuencia, a la identidad política. Las reacciones pueden conducir a la llamada de la selva para la exclusión de los diferentes, claro está. Pero lo cierto es que los mitos fundacionales legitimados por la solidaridad étnica vienen siendo paulatinamente desplazados, y difícilmente podrían utilizarse como un recurso eficiente para una convocatoria a la movilización de “la comunidad nacional”. Todavía, el nacionalismo inclusivo podría configurar una magnífica oportunidad para las formas de resistencia contra los excesos de la dominación y la acumulación, para una renovada expresión de la democracia. A pesar de algunas constantes del nacionalismo genérico, como la sobrevaloración de las razones de identidad y diferencia. La identidad étnica como esencia de la identidad política no es compatible con la sociedad multicultural, y ni de lejos resultaría aceptable, ahora, como variable independiente de la identidad nacional. En cambio, el multiculturalismo, por más que pueda constituir una estrategia de éxito para el neoliberalismo, sí que podría convertirse en principio de justificación de un tipo de identidad nacional compatible con el estatus de ciudadanía de una democracia. Ahora bien, la posibilidad de creación de comunidades políticas inclusivas y pluralistas requiere una nueva comprensión de la identidad nacional, tal y como ha sugerido Bhikhu Parekh, como algo más que una forma institucional.

Tanto la identidad nacional como la étnica (en sus expresiones pluralistas) han de superar la condición de la politización si quieren conseguir su propio empoderamiento. La politización coliga el significado interno de la identidad (el sentimiento de pertenencia, la conciencia de sí) y el conjunto externo de condiciones sociales, económicas, políticas y culturales. Politización, claro, en el sentido de hacer política según la idea de Hannah Arendt, esto es, “tomar la palabra”, a modo de acción de reconocimiento de la diferencia y la diversidad. Dado el factor global, la nacionalización de la identidad política ya no es concebible sin la previa y fundamental politización de la identidad nacional. Y lo mismo procede para la identidad étnica.

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