Los medios, los fines y la racionalidad en la política (I) La racionalidad científico-técnica. a) Max Weber y la técnica

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Ciertamente, la ciencia y la técnica comparten un tipo de racionalidad entre los límites nomotéticos que sellan la capacidad de despliegue del principio de neutralidad axiológica. Pero la política corresponde al mundo propio de la razón práctica, dicho sea en términos kantianos. ¿Cómo puede conducirse la ciencia de la política sin que resulte atropellada por esa gran contradicción?

En Economía y sociedad, uno de los escritos más importantes de la ciencia de la política, si no el que más, explicó Max Weber: “Técnica de una acción significa el conjunto de los medios aplicados en ella, en contraposición al sentido o fin por el que (en concreto) se orienta (…) Técnica racional significa una aplicación de medios que conscientemente y con arreglo a plan está orientada por la experiencia y la reflexión, y en su óptimo de racionalidad por el pensamiento científico. Lo que se entiende por técnica es fluido: el sentido último de una acción concreta, considerada la conexión total de una actividad, puede tener carácter de arte técnico, o sea, ser medio e instrumento para aquella actividad total; sin embargo, con respecto a la acción concreta esa aportación técnica (desde la perspectiva de la actividad total) constituye su verdadero sentido y los medios que aplica son su técnica”. Esa definición, de naturaleza analítica, forma parte del conjunto, más complejo, de la explicación weberiana de la acción social, de acuerdo con su tentativa de construcción del individualismo metodológico aplicado a la comprensión de la razón ilustrada, de su recorrido por lo que el gran sociólogo alemán entendió como “proceso de racionalización”. Por eso mismo, es necesario acudir a los conceptos weberianos de tipo ideal, actividad social y acción social. En el campo metodológico, actividad y acción constituyen tipos ideales. El tipo de acción social refiere la diversidad de iniciativas propiciadas o sobrevenidas en virtud de la tradición; o, de otro origen, emocionales; sobre todo, intenciones compartidas por distintas subjetividades. El campo de pensamiento y acción de la técnica correspondería, en la terminología weberiana, al tipo de actividad social, al de los medios y fines en la sociedad total. La actividad encarna el criterio de la objetivación de las acciones, el factor de racionalización decisivo, en última instancia. Es decir, cuando las intenciones, del desorden de la subjetividad, buscan una legitimidad incontestable, tratan de convertirse en hechos; se objetivan construyendo realidades propias, marcos de acción social que han de responder a distintos tipos de racionalidad. Para comprender, pues, el proceso de racionalización, Weber propone la consideración de cuatro tipos de racionalidad de la acción social: 1) La racionalidad pragmático-teleológica o de medios y fines señala objetivos y escoge los medios necesarios y suficientes para su consecución. Expresa, con arreglo a su intencionalidad, el hálito determinante: el de la eficiencia y eficacia para según qué órdenes de acción. 2) La racionalidad axiológica (o normativa, de valores, de principios, de convicción) se orienta hacia la evaluación moral, según lugar y tiempo, de los medios y fines para la acción con arreglo a criterios subjetivos que deben reflejarse en el cumplimiento de los fines; elemento preeminente, por la mediación de recursos, previamente evaluados, a su vez, en relación a los criterios subjetivos de base. 3) La racionalidad consuetudinaria y, 4) la racionalidad por emociones guardan residuos de irracionalidad y se comportan, en buena medida, de modo mecánico. Mantienen, no obstante, un notabilísimo nivel de estabilidad en tanto ocupan, por una parte, el espacio necesario para los ritos, ritualidades, ceremonias, archivos de la memoria histórica y colectiva de las comunidades, colaborando decisivamente, pues, a la cooperación y cohesión sociales; y, por otra, conforman el tipo de acción propio de las esferas de socialización y las instituciones primarias.

Los tres últimos tipos de acción social pierden relevancia al paso irresistible del avance de un tipo de racionalidad, instrumental, en virtud de sus fundamentos de legitimación, del prestigio formidable de la idea de eficiencia. Por lo mismo, cuando la creencia y práctica religiosas presidían la vida social, la racionalidad axiológica disponía de una legitimidad absoluta, siempre que no se desviara de los dogmas institucionalizados, por supuesto. Con todo, la racionalidad instrumental tendría que superar, en el trayecto histórico del proceso de racionalización de nuestras sociedades, fuertes obstáculos: por un lado, los provenientes de la resistencia de los tipos de racionalidad en trance de arrumbamiento (1); y, por otro, los provocados por sus contradicciones internas (2). (1) Por lo que atañe al primer aspecto, había que soslayar los conflictos y cruces de intereses que desviaran la dirección de la eficiencia y la eficacia, de las interferencias y desviaciones que pudieran debilitar el logro de resultados. Tales obstáculos podían precipitarse de las convenciones políticas y sociales; de las creencias, prácticas e instituciones religiosas; de las prenociones ideológicas; o del peso muerto de las tradiciones y la dudosa propensión, al cálculo, de las emociones. De modo que la neutralidad axiológica, el perfecto legado de la ciencia para provecho de la técnica, se convertiría en la condición primera, en el más sólido argumento de los principios de eficiencia y eficacia. (2) En cuanto al otro aspecto, había que levantar un entramado de factores, agentes y elementos orientados a la práctica, esto es, al tratamiento de zonas concretas de la realidad, propiamente tangible o no; del mundo de los hechos, o de los fenómenos objetivados, según criterios de utilidad. El logro de la ganancia exigía el desempeño mejor acondicionado. He aquí el corazón de la técnica; y su cerebro.

Por su parte, Max Weber nunca compartió el entusiasmo suscitado por una idea de progreso que tenía que cargar con el baldón de un tipo de racionalidad oscurecida por sus residuos irracionales, por el través de su reacción pusilánime ante la ofensiva contrailustrada del pensamiento aristocrático, grávido de referentes teológicos y metafísicos; o de la confusión generada por rasgos ideológicos y doctrinarios, que desviaban la dirección de los saberes hacia la constitución de una racionalidad propiamente científica y técnica, levantando barricadas contra la plasmación de aquellas condiciones del conocimiento que harían más próxima la encarnación de una humanidad reconciliada consigo misma. El desencanto venía de ese costado. El desencantamiento, de su opuesto.

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