La identidad cultural de los inmigrantes

Un tanto extraviada hasta que se hizo del todo visible el impacto del proceso de la globalización en la “estabilidad de las pertenencias”, esto es, en la certeza de las referencias que presidían las vidas de las gentes, la identidad cultural ha vuelto a ocupar un rango preeminente entre las proposiciones que tratan de explicar la recuperación de los particularismos étnicos y nacionales. Al fin y al cabo, la noción de identidad designa, a la vez, lo que se tiene en común y lo que diferencia;  pero no es más que una etiqueta. Las teorías actuales de la identidad subrayan su carácter de realidad construida, múltiple, dinámica, relacional y, a veces, negociada, y de predominio cambiante. Que las identidades sean una parte de la construcción social de la realidad significa que no obedecen a ningún determinismo y que no son la esencia de nada. La identidad cultural es el resultado (complejo) de las interacciones entre la continuidad histórica de las culturas,  los conflictos en que se enredan y las negaciones de que son objeto; entre las tendencias opuestas del universalismo y el particularismo; entre las inclinaciones  a la síntesis, a las culturas “híbridas” y las premisas para la homogeneización. Por supuesto, identidad y cultura no designan nociones idénticas, sin perjuicio de la existencia de relaciones profundas y complejas entre las realidades designadas.

El mecanismo de base de la dinámica de la forma que adopta la identidad, esto es, la identificación, es el producto de una doble transacción con el sí-mismo y con los otros, de una elaboración biográfica y un reconocimiento social. Ciertamente, la noción de identificación es ambigua puesto que sirve, a la vez, para identificar y para identificarse, y hace referencia a la acción misma de la clasificación o categorización. La categorización es el proceso psicológico que tiende a ordenar el entorno en términos de categorías: grupos de personas, objetos o acontecimientos con arreglo a sus propiedades de semejanza o equivalencia; y, de acuerdo con el contexto, puede entenderse  el concepto de categoría como un conjunto de elementos que comparten ciertas características. La categorización permite, pues, acotar el entorno distribuyendo sus elementos, lo que ayuda a la percepción de las diferencias entre las categorías o de las propiedades de semejanza o  equivalencia a su interior.

La identificación del sí-mismo es función de los factores económicos, políticos, sociales y culturales, entre otros, de influencia. La identidad individual se forja entre las características específicas de cada individuo, en las combinaciones que hacen que cada individuo sea diferente de los otros y que conforme una particularidad, una unicidad. Todos los individuos recogen rasgos propios del orden social al que pertenecen, y poseen atributos específicos que no comparten con los otros. Ahora bien, el proceso de individualización (que suele comportar alguna modificación del concepto del sí mismo), si está bien realizado, puede dar lugar a la creación de una nueva identidad para el individuo. Así, frente a la concepción de las identidades uniformes y bien fijadas, sostiene Stuart Hall que las identidades son contingentes, no estables y no unitarias. Es lo que expresa la proposición de la “crisis de las identidades”.  Desde luego, la noción de identidad individual ha sido cuestionada por muchas razones. Una de ellas, la que presenta Amin Maalouf: si la identidad individual se sustenta en múltiples referencias, también será susceptible de múltiples pertenencias. Cada individuo detenta una identidad compuesta, compleja, única e irreemplazable. El individuo de nuestros días vive entre distintas esferas de pertenencia y diferentes grupos de afiliación. Los roles sociales (un rol corresponde a un modelo de comportamiento estereotipado en un grupo determinado) de los individuos son múltiples y los individuos se mueven alrededor de muchos nudos de relaciones. Las transformaciones sociales de los últimos tiempos han sido rotundas, se han producido con una insólita celeridad y han dejado sus huellas en las identidades individuales y grupales. Sugiere Maalouf que un habitante de Sarajevo, en 1980, se hubiera identificado como yugoslavo y,  algunos años después, se hubiera presentado como bosnio sin que las características de su identidad cultural hubieran cambiado fundamentalmente. La identidad individual, pues, se construye y transforma al paso del avance de las biografías, y depende del entorno, es decir, de las relaciones sociales, políticas, económicas o culturales en las que participe el individuo. Y dado que el entorno se transforma y, a menudo, desaparece, la estabilidad de las identidades individuales siempre está bajo amenaza. Los individuos se sienten cada vez menos compelidos a la identificación con unos principios definitivamente establecidos. El acceso generalizado a la reflexividad, según la explicación de Anthony Giddens, es uno de los rasgos de nuestro tiempo. No obstante, la necesidad de pertenencia a alguna entidad supraindividual conduce a las afirmaciones de identidad social, estrechamente ligada, por eso mismo, a la sociabilidad. En ese contexto, la identidad aporta las propiedades de un apego afectivo; también, solidaridad social (real o imaginada).

La identidad social resulta de una suma de atributos y propiedades, de un conjunto de rasgos grupales propios que permiten la afirmación de la identidad y la diferencia respecto de otros grupos sociales. En cualquier caso, no es un mero resultado de los actos de atribución de los otros grupos, sino que también deviene de las propiedades que reivindican los sentimientos de pertenencia grupal. Alrededor de la noción de identidad social cristalizan, sucesivamente, representaciones estructuradas por analogía (ser idéntico), por procedimientos de categorización (la identidad se sustenta sobre una selección  de lo semejante); y por la memoria histórica (en cuanto que la identidad social remite a un pasado colectivo). A este respecto, entre los materiales de construcción de la identidad social, cuentan, especialmente, los elementos extraídos de acontecimientos históricos petrificados como referencias transmitidas.

El proceso de la globalización va impulsando un tipo de cultura global, no necesariamente enfrentada a las culturas particulares pero, en cualquier caso, muy potente, valiéndose de los flujos de personas,  los intercambios comerciales,  la comunicación planetaria,  la difusión de las ideas dominantes,  las nuevas tecnologías y los movimientos sociales, que trascienden las fronteras nacionales. Tales factores han agitado las culturas particulares, hasta un punto tal que resulta muy visible la aparición del fenómeno de la “deslocalización de las culturas” y la formación repentina de culturas más allá de los territorios nacionales, la recuperación de tradiciones y su legitimación histórica. Las afirmaciones de identidad se suceden. Incluso cobran vida las interpretaciones, reconstrucciones y hasta creaciones de culturas, alejadas de sus territorios de origen, entre las comunidades de inmigrantes.

Las prácticas culturales y los sentimientos de pertenencia de los migrantes transnacionales son múltiples y “transterritoriales”, pero la apertura de las fronteras no implica que las identificaciones con entidades políticas y zonas nacionales definidas por el territorio estén en trance de desaparición. Por eso, las ideas de “desterritorialización” y “desnacionalización” de la ciudadanía parecen un tanto precipitadas. Lo que no es óbice para pensar que la experiencia de non-place (más allá del “territorio” y la “sociedad”) termine por conformar un elemento más de la vida cotidiana. Sea como fuere, la inclinación, bien instalada entre los individuos de nuestro tiempo,  a moverse entre inventarios de guías de acción quizá lleve a la conciencia de la propia situación. En estos días, el cosmopolitismo debería constituir una guía de acción más atractiva que la de la comunidad nacional (parcialmente “deslocalizada”). Así, los medios de transporte  y las TIC facilitan los intercambios y los encuentros entre las gentes y los modos de vida. El cosmopolitismo, un factor estratégico de la expansión del neoliberalismo, se ha convertido en una oportunidad para la coexistencia de culturas distintas y, por ello, para la mejora de las probabilidades de reconocimiento y respeto mutuo. Gracias a las TIC, las zonas geográficas pueden ser pensadas como intersecciones de un espacio imaginario, tal y como ha sugerido Stuart Hall.  La idea de la lejanía de lo cercano y la cercanía de lo lejano, propiciada por el uso generalizado de las TIC y el potencial de formación de actitudes favorables al cosmopolitismo, de la mano de los global media, ha de afectar a la posibilidad de superación del sentimiento de pertenencia a lo que contenga de específico un territorio específicamente situado en un mapa de particularidades. Sin embargo, parece que sea el sentimiento comunitario el más capaz de saltar por encima de los límites territoriales, tal y como acreditan las afinidades electivas de las segundas y terceras generaciones de inmigrantes a países con culturas muy diferenciadas de las de sus países de origen, o los mismos grupos en diáspora.

Ciertamente, la globalización ha incrementado el volumen de las fuentes y los recursos disponibles para la construcción de la identidad cultural. Por eso mismo, habría que contar con las posibilidades de enriquecimiento en referencias, de acuerdo con la solidez de las razones de identidad; también, con la construcción de identidades híbridas, muy plausibles en el escenario de una sociedad global “postradicional”, en la que las sociedades y los Estados-nación han de conducirse entre constantes desmentidos de su homogeneidad. Pero, más bien, el recurrente enunciado del impacto de la globalización (realmente existente) debe entenderse, en su despliegue, en la forma de la creciente fragmentación de las estructuras y los procesos en los que se desenvuelve la vida social, con lo que, en realidad, lo que se pone a prueba es el equilibrio, la estabilidad sistémica, las “afinidades electivas”, dada la relevante presencia de las condiciones materiales de vida, objetivas. Un nuevo escenario en el que nada se muestra permanente y en el que puede concebirse la construcción de la identidad como una reinterpretación continua del sí-mismo.

El sentimiento de pertenencia es el rasgo más significativo de una sociedad bien integrada. La apertura de la idea del “nosotros” es una cuestión fundamental para la integración social de los inmigrantes. Las experiencias sociales van definiendo los sentimientos de pertenencia, siempre condicionados, en gran medida, por el contexto social. La identificación supone una reinterpretación continua de todos los elementos de la existencia individual y grupal. Así, para los inmigrantes, el nivel de identificación con la sociedad de acogida parece ser independiente del nivel de integración económica  (que se considera un factor especialmente significativo para el logro de la cohesión social).  Parece ser que la integración económica no juega un papel preponderante  para la integración social de los inmigrantes. Pero es que las migraciones actuales ni siquiera conllevan la rigurosa y rápida aculturación (es decir,  el proceso de adquisición individual o grupal de rasgos culturales pertenecientes a otros grupos  a través de un contacto directo y continuo) de otros tiempos en el país de acogida.  Aunque los inmigrantes se vean obligados a pasar por alguna forma de “relocalización” cultural. A menudo, interiorizan una nueva identidad  cuando se desplazan hacia otros países, incluso si esta aculturación psicológica implica la identificación con una cultura cuyos valores y tradiciones son diferentes de los de sus culturas de origen. Es un efecto más de la integración social. Al fin y al cabo, los intercambios y encuentros, por razones diversas, multiplican las ocasiones en las que la interculturalidad puede manifestarse abiertamente, libre de tensiones. Así, la identificación de los inmigrantes con la sociedad de acogida contribuye al refuerzo de la cohesión social. Ahora bien, que el proceso de integración devenga equivalente a una cierta modalidad de aculturación y, por tanto, una transformación de la identificación cultural de los inmigrantes, no implica que renuncien a sus identidades culturales anteriores o que deban hacerlo como condición de asunción de las nuevas. Se trata del fenómeno designado por la noción de “identidades transnacionales”. Los inmigrantes ven el mundo desde una perspectiva transcultural.  Por otra parte, también puede suceder que los inmigrantes forjen o cuiden sus razones de identidad más allá de las fronteras nacionales, a caballo entre las sociedades de origen y las sociedades de acogida, que es el fenómeno que designa la noción de “transnacionalismo”.  En suma, los migrantes contemporáneos se integran en múltiples comunidades, se identifican con ellas y, a menudo, pasan a formar parte de sus modos de vida: de manera que no permanecen anclados en una única identidad  cultural. Entre otros factores de influencia para la adquisición de una nueva identidad,  por parte de los inmigrantes, cuenta el tiempo transcurrido en el país de acogida, la obtención del estatuto de nacionalizados, el grado de correspondencia o incompatibilidad entre la cultura de origen y la de acogida, y las oportunidades de vida en la sociedad de acogida.

Con todo, la pregunta por la identidad cultural debe guardarse de la ilusión de que haya, en alguna parte, algo que trascienda la cultura o la identidad. La relación con una cultura distinta se establece desde la cultura propia. La exigencia de reconocimiento de nuestra identidad cultural proviene de una identidad extraña a la de aquellos de los que se exige el reconocimiento de nuestra extraña identidad. Y tal demanda no suele librarse del paisaje habitual, de conflicto, en el que se desenvuelve el acoplamiento entre la identidad y el reconocimiento. De ahí, el acierto del conocido mito hegeliano de “la lucha por el reconocimiento”.

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