La falsa dialéctica de la triunfante racionalidad del mercado

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Los acuerdos internacionales de Bretton Woods configuraron el marco de regulación del capitalismo internacional para los decenios siguientes. Lo “acordado”, en última instancia, fue una consecuencia de la posición hegemónica de Estados Unidos y señaló el camino de la liberalización del comercio mundial. Sin perjuicio de la aparente contradicción de un sistema que permitía el diseño de políticas económicas nacionales, plenamente soberanas en sus decisiones de control de los movimientos de capitales y de la inversión y el comercio.

A diferencia de lo que sostiene Anthony Giddens acerca del carácter “espontáneo y autónomo” del primer soplo de vida del proceso globalizador y el valioso concurso de las TIC, Ray Kiely aduce que, más bien, fue el resultado de un acuerdo para la convergencia de intereses muy diferenciados por parte de las cúpulas de las élites nacionales de los países más poderosos, sobre todo, de Estados Unidos. A estos efectos, entre las primeras manifestaciones de la intencionalidad globalizadora, aparece la constante promoción de la movilidad de los capitales, el desarrollo del mercado del eurodólar o el crecimiento de las inversiones directas en la década de los años 50. Las fluctuaciones de la política económica norteamericana de los años 70, asimismo, dieron un decisivo impulso a la expansión de los mercados mediante la remoción del precio fijado del dólar-oro y las devaluaciones de los primeros años de ese decenio, y a la solidez del mercado del eurodólar, aún de modo indirecto por la vía de los incrementos en los precios del petróleo de 1973 y 1974. Desde luego, ni el desarrollo de las nuevas tecnologías ni los movimientos de los mercados, supuestamente autónomos y espontáneos, constituyen explicaciones satisfactorias de tales acontecimientos. Esos fenómenos, característicos de los años 70, no pueden explicarse sin la consideración de la expansión de la demanda de los servicios financieros y el crecimiento de la producción y el comercio internacionales, o la evolución de los mercados financieros salvando las estrictas regulaciones estatales. Claro que hay que contar, especialmente, con el incremento de los volúmenes de petrodólares y los movimientos en la dirección de los tipos de cambio flotantes para comprender lo que sucedió en los años 70 en relación con el impulso de las finanzas globales; sin perjuicio del coprotagonismo de las TIC en los años 80 y 90.

Muchos analistas se muestran convencidos de que la posición de ventaja que han logrado las finanzas sobre otras formas del capital y sobre el trabajo e, incluso, sobre los Estados-nación se debe a la facilidad de los movimientos financieros. La movilidad de las finanzas ha dado un salto cualitativo gracias a las TIC, que han propulsado las oportunidades para las transacciones financieras internacionales. Algún reflejo debe haber provocado, tal facilidad para saltar por encima de los límites territoriales, en el margen de poder de los Estados-nación. Los inversores pueden desplazarse a su entera conveniencia, con lo que a las políticas orientadas a la captación de capitales exteriores les quedan pocas opciones que no pasen por la participación en la carrera de facilidades para la inversión, es decir, para el apoyo y beneficio de las finanzas. A costa, claro está, de los salarios, las condiciones laborales y las políticas del Welfare. Y de la presión fiscal, tan dulce, por lo habitual, para las rentas del capital y tan amarga, siempre, para las rentas del trabajo.

La globalización financiera es, sobre todo, una gran victoria de una estrategia política. Sin los Estados, hace tiempo que el sistema financiero hubiera fallecido de un fallo multiorgánico. Los Estados han asumido la función de “7º de Caballería” en repetidas ocasiones. En la última, a cuenta de la crisis de 2008, cuya resolución sigue siendo una incógnita, los Estados se han movilizado, especialmente, para la salvación de las entidades financieras, incluso cuando han decidido inhibirse de la protección de las familias más afectadas por la ruina sobrevenida. Para mantener el valor de sus activos, el capital financiero necesita la disciplina de los Estados. También, la sumisión del mundo del trabajo. De ahí que los Estados hayan aceptado las políticas económicas “de austeridad” en el nombre de la responsabilidad financiera. Así, a pesar de los espectaculares volúmenes de las transacciones financieras contemporáneas, que para algunos individuos han supuesto el logro de grandes fortunas, en última instancia, la creación de riqueza pasa por la sobreexplotación de la fuerza de trabajo. Y la economía política construye los escenarios para su posibilidad. A cambio, el dinero suele llegar, generosamente, a los que protegen y reproducen tales escenarios. Y mientras se mantenga bajo la autoridad del Estado, el dinero no podrá desprenderse de su dependencia política.

A este respecto, con todo, la interpretación dominante insiste en que el mercado y el capital se comportan con autonomía relativa respecto de las decisiones políticas, y que la racionalidad de mercado ha desplazado a la racionalidad política. Pero fueron medidas de corte político las que facilitaron la creación del mercado del eurodólar, las presiones para la liberalización del comercio, la circulación del capital y el final de los tipos de cambio fijos. Ciertamente, a lo largo del decenio de los 80, la regulación pública cedió posiciones a la expansión de los mercados, por más que se agravaran las contradicciones producidas por la crisis de la deuda. Y las políticas domésticas conformaron una variable independiente para la expansión de los flujos financieros. Las políticas de ajuste estructural, por su parte, incorporaban medidas de remoción de controles sobre los tipos de interés, los tipos de cambio, los mercados de valores. Sin embargo, en las explicaciones acerca de los efectos de la globalización “realmente existente”, la categoría analítica central es el mercado, a pesar de que corresponda al Estado el papel protagonista. En cualquier caso, entre lo político y lo económico existe una asimetría conceptual por la que lo uno no puede reducirse a lo otro, por más que anden tan correlacionados a su interior y a su exterior. Sus lógicas respectivas son muy diferentes, por lo que las categorías analíticas para su explicación también deberían serlo.

Por supuesto, el acontecimiento principal no ha sido el del incremento espectacular de las transacciones entre Estados, sino la interacción e interdependencia de las economías nacionales en un mercado global, entre empresas de todo el mundo que tienen sus domicilios en territorios nacionales. Al fin y al cabo, el mercado es poco más que una estructura para el intercambio de derechos, bienes y servicios, según la típica descripción. Pero es el Estado el que se reserva la organización de las funciones del mercado. Al menos, por el momento, es el Estado el que está a cargo del sistema jurídico y la protección del tráfico mercantil. Sin duda, el capital se ha pertrechado de instrumentos que le permiten una cierta autonomía, pero los Estados todavía cuentan con capacidad para ejercer sus funciones de control y regulación de las condiciones de acumulación al interior, en los mínimos, de sus territorios nacionales; aunque, con escandalosa frecuencia, se comporten como cooperadores necesarios para la mejora de la tasa de ganancia y la acumulación de capital, dentro y fuera de sus territorios, mediante la adopción de políticas y normas legales sumamente benéficas para los intereses de las clases privilegiadas. Sin el decidido apoyo de los Estados (de todas las administraciones públicas), la clase capitalista transnacional no hubiera logrado levantar el escenario actual, un verdadero paraíso para el mantenimiento y reproducción de sus posiciones de poder.

1 Comentario

  1. Estoy leyendo esta entrada, es un avance para la comprensión del estado actual del mundo, aunque deja con ganas de saber más (no sé qué son las TIC, por principio). Estoy comenzando a cursar Ciencias Políticas en Argentina y a través de Twitter deseaba estar en contacto con otras personas con similares intereses, para conocer nuevas perspectivas de pensamiento y todo otro beneficio derivado del intercambio. Mi cuenta es @claudionipotti, desde luego se trata de seguirnos mutuamente, aunque suene a spam (no lo es). Muchas gracias y pido disculpas si no es el lugar indicado.

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