El Día de la Mujer… trabajadora (Por Ruth Abril)

El 8 de Marzo celebramos lo que internacionalmente se conoce como el Día de la Mujer, pero que, para la mayoría de gente de a pie es el Día de la Mujer Trabajadora. De hecho, unas condiciones laborales justas y equitativas, sin discriminación, era lo que inicialmente se demandaba en esta jornada.

Se entendía que esta discriminación laboral, junto con la negación del derecho al voto, eran los dos principales obstáculos a los que se veía enfrentada la mujer para el logro de la igualdad en las sociedades contemporáneas.

Ciertamente, el que a una mujer se le pague menos por el mismo trabajo o que sus condiciones sean peores, es una discriminación que hoy, en pocos países desarrollados es aceptable, existiendo leyes formales que lo impiden. Sin embargo, una cosa son las leyes y otra la realidad. En España, sin ir más lejos,  la brecha laboral entre hombres y mujeres se ha incrementado, dicen las estadísticas, en los últimos tiempos. Si tenemos las normas que lo prohíben, ¿qué es lo que falla?

Pues en mi opinión varias cosas, en primer lugar, que una cosa es que haya leyes que protejan a las trabajadoras de discriminaciones y otra que, en estos tiempos de crisis y de miedo a la pérdida del empleo, estas normas se cumplan. Las mujeres callan por miedo a perder su empleo y muchos sin escrúpulos aprovechan esta debilidad de facto para no cumplir la ley, sin que las victimas puedan, por miedo a ser despedidas, demandar sus derechos.

Pero más allá de estas cuestiones, hay otras más invisibles o menos obvias a mi entender. Se trata, por ejemplo,  de estructuras laborales en las que las competencias que se piden, todavía están vistas con los ojos de los varones, o en las que las condiciones se miden en función de criterios como el presencialismo o la visibilidad que muchas veces discriminan a las mujeres frente a la eficacia y la eficiencia donde pueden trabajar, cuanto menos, en igualdad de condiciones.

Además, la discriminación real y final de las mujeres  viene determinada por cuestiones que están fuera del propio ámbito laboral. Se trata de roles y estereotipos que se asignan a las mujeres en la sociedad y que pesan como una losa a la hora de “ir a trabajar” y de  “trabajar en plenitud de capacidades”.  Les pongo un ejemplo. Ayer mismo, hablando con una amiga, me contaba cómo, a diferencia de su marido, que se levantaba, vestía e iba a trabajar alegremente y sin ningún tipo de remordimiento, ella se sentía horrible por tener que dejar a su hijo de un año en la guardería. No solo es que su educación y socialización le habían hecho asumir que eso de cuidar a los niños es cosa de las mamás y, por tanto, al dejarle en la guardería estaba infringiendo unas obligaciones no escritas que había asumido por el hecho de ser madre sino que, incluso sus compañeras de trabajo y amigas, le preguntaban si no le daba pena dejar a su hijo, si no quería pedirse una excedencia o una reducción de jornada…cómo podía hacer para compatibilizar adecuadamente ambas responsabilidades…Vamos que la presión era brutal y que, sorprendentemente, no venía de los hombres, sino de sus propias amigas y colegas del trabajo. A su marido nadie le decía nada, al revés, todos contentos, porque con un hijo uno se vuelve más responsable y está más centrado. Evidentemente, esta pobre amiga mía, tenia, como se dice vulgarmente, el corazón partido y un sentimiento de culpabilidad que la hacía levantarse todos los días pensando si lo está haciendo bien.

Vinculado a ello viene el tema de la corresponsabilidad,  la mayoría de las mujeres nos sentimos contentas de haber entrado en mundos laborales antes exclusivos de varones, pero tenemos la sensación de que hay algo que falla y es que esto no ha supuesto, necesariamente, que los varones hayan entrado en casa. Es verdad, mucho hemos avanzado, hay muchos varones que  orgullosamente “ayudan en casa”, y eso es un logro, antes ni se decía ni se estaba orgulloso de ello. (Recuerdo a mi abuela gritar escandalizada ”cómo, va a ir tu padre a comprar el pan, con la de mujeres que hay en casa, ni en broma!”). Algo hemos adelantado, es indudable.

Pero hasta que no logremos la corresponsabilidad:  el que no se asignen a la mujer tareas del hogar  “propias de su sexo”  y que el varón se sienta tan en su entorno dentro de casa (realizando tareas del hogar) como fuera de ella, cosa que la mujer ya ha conseguido, y comparta todas las tareas familiares y domésticas que hay en el hogar, hasta entonces, no podremos hablar de la igualdad de derechos, oportunidades, y  capacidades de la mujer en el entorno laboral.

Sin embargo, y volviendo con ello al principio del artículo, todas estas cosas necesitan el llamado empoderamiento de la mujer (al que la ONU dedica este año este día) para que pueda, adecuadamente, mover estas estructuras que impiden el logro del disfrute de sus derechos. Ya no hablamos de que puedan formalmente votar y ser votadas, hablamos de su capacidad real de influir en la toma de decisiones dentro y fuera del hogar, participación política en su sentido amplio.  Participación que exige formación, desarrollo de competencias, presencia en donde se toman las decisiones, desde la comunidad de vecinos hasta la judicatura,  pasando por las alcaldías y los sindicatos y las asociaciones.

Por ello, aunque solo queramos hablar de la igualdad de derechos y oportunidades en el ámbito laboral, acabamos hablando de unos cambios sociales, culturales, políticos y económicos. Por ello, el Día de la Mujer Trabajadora es, en realidad, el Día de la Mujer.

 

*ARTÍCULO REDACTADO POR: Ruth Abril (Profesora y Directora de la Unidad de Igualdad de la CEU-UCH)

 

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