Erasmus en Lisboa, el mejor año de mi vida

Lisboa, solo tengo palabras bonitas para ti… Era 1 de septiembre de 2018 y después de una interminable noche en un tren nocturno llegaba a la capital lusa. Rápidamente cogí un taxi que me llevó al que sería mi hogar por los siguientes 10 meses.Un día tardé, sin exagerar, en comenzar a tener mis primeras amistades. Cada noche nos reuníamos en Barrio Alto para tomar unas cervezas muy baratas y disfrutar del ambiente.

Mis compañeros de piso se convirtieron en mi familia y la gente que había conocido escasos días atrás eran como amigos de toda la vida. Todos estábamos igual, todos empezábamos de cero. Con ellos pude vivir grandes momentos, desde noches inolvidables hasta viajes increíbles, los cuales comentaré un poco más adelante.

En cuanto a la universidad, estudiaba en la Universidade Católica Portuguesa, la cual se encontraba aproximadamente a media hora de mi casa en transporte público. Tan fácil como tener la tarjeta mensual de transporte (hay descuento si eres menor de 23 años), tener la voluntad de levantarse cuando suena el despertador… y un buen café, siempre ayuda un buen café por la mañana.

Mis horarios variaban, había días que tenía 3 horas hasta días que tenía 8. La mayoría de las asignaturas eran muy participativas, es decir, se debatía, proponían ideas, etc. El protagonismo recaía en nosotros, los alumnos. El método de evaluación era sencillo, un pequeño porcentaje por participación y asistencia y el resto se dividía en dos exámenes, uno a mitad de semestre y otro al final. Mis calificaciones fueron bastante buenas y pude aprovechar el tiempo de recuperaciones para disfrutar más aún de Portugal.

Bien es cierto que la universidad no era muy grande, pero tenía todo lo necesario. Era muy próxima y siempre hacían lo posible por ayudarte. Constaba de dos facultades y el edificio donde se situaba la biblioteca, la sala de actos, etc. En el centro de los tres un jardín que siempre daba el sol y los días de buen tiempo todo el mundo buscaba un sitio en el que relajarse. Y si hacía frío o llovía, tampoco había problemas, a la cantina.

Volviendo a la ciudad de Lisboa, qué bonita la rua Augusta con sus vistas al Tajo, el castillo en lo alto de la ciudad protegiéndola, su suelo de azulejos o sus cuestas en cada rincón, sin olvidarnos de Sintra, tierra de castillos y colores. Cuando venían amigos de visita era lo primero que debía enseñar, no se podían ir de Lisboa sin verlo. Otro lugar imprescindible de mostrar era la Torre de Belem, a tres paradas de tren cogiéndolo en Cais de Sodré.

Dicen que no te puedes ir de Lisboa sin probar los pastelitos de Belem y que mejor que probarlos donde supuestamente hacen los mejores, en el propio Belem. A mí, sinceramente, no me gustan mucho pero debo de ser el rarito porque persona que lo prueba, persona que repite y suele llevarse algunos para regalar a amigos o familiares.

Mi rutina se basaba en quedar con amigos, salir, ir a la playa a Cascais cogiendo el tren… Pasarlo bien. Un plan simple para una tarde era sentarse a la orilla del río con algo fresquito y dejar que pasaran las horas hablando y hablando, siempre había historias que contar. Y para la noche, cenar en algún restaurante típico portugués (no sale a más de 6/7€ la cena si huyes de los sitios turísticos) y después a alguno de nuestros tres sitios favoritos: Bairro Alto como he comentado anteriormente, Lisboa Rio, una discoteca con música en español la cual era un antro pero nosotros la definíamos como nuestro antro, y por último, Urban Beach, una discoteca súper bonita, gigante, con todo tipo de música y a la orilla del río.

Con estos mismos amigos realicé tres viajes inolvidables. El primero a Algarve, sol, playa, amigos, diversión. No hace falta decir mucho más, ese viaje nos unió más aún de lo que estábamos.

El segundo fue a Coimbra. La verdad es que la ciudad en medio día la has visto completa y tampoco tiene nada en especial, pero por la noche tiene tanto ambiente al ser una ciudad universitaria… Si por la mañana eran todo familias paseando o tomando un café en la terraza de algún bar, por la noche se convertía en calles llenas de gente pasándolo bien, bailando y bebiendo.

Y finalmente uno de los sitios más bonitos que he visitado en toda mi vida, Azores. Conseguimos reservar un vuelo bastante barato hacia Ponta Delgada (el cual casi perdemos, por cierto) y para allá que nos fuimos. Naturaleza en estado puro, era tan diferente a todo, parecía otro planeta. Altamente recomendable, una maravilla que no se valora lo suficiente. Como consejo: el alquiler de coche es casi obligatorio. Es tan remoto el lugar que el transporte público apenas existe y en caso de haber, los autobuses solo hacen recorrido entre los pequeños núcleos de población, no a los lugares que de verdad valen la pena ya que ni siquiera podrían circular por los caminos sin asfaltar o estrechos que hay a lo largo y ancho de la isla.

En definitiva, podría escribir y escribir palabras sobre ti, querida Lisboa, pero no lograría describir bien tu luz. Me has dado el mejor año de mi vida y nunca podré estarte lo suficientemente agradecido. Contigo aprendí el significado de la palabra “saudade”, algo parecido a añorar, pero difícil de describir en castellano.

Te lo prometí el último día que pude disfrutarte y lo vuelvo a decir ahora, no es adiós, nos volveremos a ver, Lisboa.

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