Memoria del Holocausto

Dice Zygmunt Bauman que el Holocausto fue un producto de la racionalidad burocrática (un rasgo propio de la modernidad). Y que la potencia causal de los factores que provocaron o pudieron propiciar lo acontecido, de sus condiciones de viabilidad, no se ha desvanecido. ¿Cómo pudo legitimarse la maximización (por supuesto, no únicamente material) de la capacidad industrial de producción de cadáveres en cadena? ¿Cómo se logró la complicidad de tantas instituciones y élites de poder, y el silencio de la población, de todo ese terrible cúmulo de factores (agentes y elementos) ordenados en formación militar para el desempeño de la excelencia criminal? ¿Qué condujo a esa febril (fabril) actividad de exterminio? Una primera hipótesis: porque quisieron y pudieron hacerlo. Una cuestión de voluntad de poder, expresiva del proyecto político de la facción más aterradora del fascismo. También, la manifestación de la racionalidad técnica, propia de una concepción totalitaria de la sociedad y el Estado. Por mi parte, creo que habría que añadir alguna característica privativa de la vida social de ese orden económico y político, de una forma de sociabilidad sojuzgada por un exceso de dominación política y sobreexplotación económica a manos de las élites de poder, bien revestidas de la construida pulsión de patriotismo de mercado que, por cierto, ha venido acompañando a los nacionalismos derechistas desde la misma aparición del fenómeno de la nacionalización de la identidad política. También acierta Bauman cuando apunta a la técnica. Porque la técnica es la expresión mejor acabada del poder. En el periodo de entreguerras, la ideología se creció al calor de la técnica. Un acontecimiento de sobra conocido. Que arropó al antisemitismo, por más que sus mecanismos y dispositivos no pudieran ser más grotescos (de extraordinaria eficiencia, sin embargo), y ofrendó sus bendiciones a los asesinos, los que se habían fijado la salvífica misión de deslumbrar al mundo con el fulgor que purificaba, el de las cámaras de gas y los hornos crematorios de las vidas de seis millones de personas. El Holocausto fue el resultado práctico de la más abyecta sumisión a la decisión de un soberano absoluto, que había encontrado la más implacable forma de comunicación social del principio de justificación de su verdad y decidió medir su valor por relación a la magnitud del sufrimiento causado. Esa encarnación del Mal Absoluto prestó toda su originalidad al siglo XX. De manera que Bauman afirma la singularidad del Holocausto con arreglo a la terrible concatenación de los factores administrativos, ideológicos y de oportunidad histórica que lo impulsaron.
Por lo demás, no puede ser más vacuo el arsenal de nociones de la ideología fascista y, a estas alturas, conocemos bien las claves que ligan la racionalidad instrumental a los procesos de mixtificación. Una facultad de Ciencias Políticas es un magnífico lugar para el cuidado del valioso edificio de pensamiento que ha ido construyéndose al interior y en los márgenes de la idea del asesinato de la humanidad entera cuando un solo hombre es asesinado. O de la comprensión de Levinas de la ontología del sufrimiento como vía de salvación o la de la paradoja de la superioridad moral de la víctima como vector de poder en potencia, la escandalosa lógica de la filosofía de la teodicea, la banalidad del mal de Arendt, las consecuencias de la política reducida a la administración, la alienación, la crítica de la racionalidad instrumental y tantas otras ideas que constituyan barricadas infranqueables para otro genocidio que estuviera por venir.

Arturo

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