De hacer pan a curar enfermedades: fármacos anti-TNF

La primera historia de medicamentos publica en la revista digital el farmacéutico joven dentro de la sección de historias de medicamentos y elaborada por nuestra alumna de 4º de grado de farmacia Elena M.ª García Bueso

En esta historia Elena nos cuenta como se desarrolló la biotecnología, (el empleo de células vivas para la obtención y mejora de productos útiles como los alimentos y los medicamentos) desde la fermentación para la obtención del pan, el queso, la cerveza o el vino hasta nuestros días con los nuevos biofármacos.  Un biofármaco es «un producto farmacéutico elaborado a partir de materiales de origen biológico, tales como microrganismos, órganos y tejidos de origen animal o vegetal, y células o fluidos de origen humano o animal; así como de origen biotecnológico que se obtienen a través de una proteína o ácido nucleico con tecnología ADN recombinante. Los medicamentos convencionales son, en cambio, de origen químico». Es decir, los biofármacos, «anticuerpos y otras proteínas recombinantes obtenidas mediante técnicas de ingeniería molecular»3, son uno de los fármacos más novedosos actualmente. El primer medicamento biológico comercializado fue la insulina humana en 1982.

La característica más innovadora de los biofármacos es que «con ellos la terapia puede centrarse por primera vez en aspectos específicos de la fisiopatología de la artritis reumatoide y de otras enfermedades inflamatorias»3. Sin embargo, también tienen inconvenientes: su elaboración es compleja y cara, por lo que no todo el mundo puede acceder a ellos. Se destinan especialmente a los pacientes cuya terapia o tratamiento no es efectivo.

Un ejemplo de biofármacos son los anti-Factor de Necrosis Tumoral (TNF), que son medicamentos biológicos empleados en el tratamiento de enfermedades inflamatorias crónicas o autoinmunes.

Los fármacos anti-TNF que tenemos hoy día son: adalimumab (Humira®), infliximab (Remicade®) y etanercept (Enbrel®). El primer fármaco que estuvo disponible fue etanercept, en 1998, y luego infliximab, que fue introducido en el mercado en 1999; el más reciente es adalimumab4. Como son proteínas no se pueden administrar por vía oral porque se degradarían, de modo que se administran por vía subcutánea o intravenosa, es decir, mediante inyecciones. Por ello, el tratamiento se realiza en hospitales bajo la supervisión de un médico experto. Una peculiaridad de estos fármacos es que no se administran a diario, sino semanalmente.

 

 

 

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