Todo tiempo pasado fue peor

Os invito a leer esta reflexión que realicé en Las Provincias del sábado 24 en la página 22:

Parece que sobre nosotros se ha instalado con vocación de permanencia una suerte de distopía, compañera inexorable de viaje en los años venideros, y que por ende, nos aboca a desarrollar nuestro ciclo vital en el peor de los mundos posibles.

La anterior afirmación se sustenta en los aciagos datos que desde 2008 trufan los medios de comunicación, e impactan de forma perentoria sobre la vida de millones de ciudadanos: una tasa de paro del 25%; destrucción de más de tres millones de puestos de trabajo netos; 400.000 proyectos empresariales abocados a la quiebra; 1.700.000 familias con todos sus miembros en paro; reducciones salariales generalizadas con la subsiguiente pérdida de poder adquisitivo; un incremento del 174% de las personas atendidas por los servicios de acogida y asistencia de Cáritas, que han pasado de ser 370.000 en el 2007, a más de un millón en 2011, etc.  A lo que hay que sumar, unas magras expectativas de recuperación tanto en el corto como en el medio plazo, siempre que la política económica emanada desde Alemania porfíe en el error de no mutualizar -esto es, de no compartir- parte de las pérdidas que necesariamente se seguirán produciendo en los países periféricos del euro, por el nivel no sostenible de su deuda (ya sea pública, privada o ambas).

Sin negar que la crisis económica actual hace gala de ser la más acerada desde la gran depresión, en esta sucinta reflexión, voy a abrir el angular, al objeto de dibujar a grandes rasgos la vida de nuestros ancestros, y así, contextualizar la actual situación, y dimensionarla a partir de dos grandes conceptos: el nivel de vida y los comportamientos éticos. Comencemos por la dimensión material o nivel de vida: el homo sapiens sapiens; es decir, nuestra especie, se remonta a hace unos 100.000 años. Su sustento lo obtenían mediante la caza y recolección, por lo que eran nómadas, y como sostiene el arqueólogo de Harvard,  John J. Shea: la tasa de mortalidad infantil era probablemente muy elevada, la mayor parte fenecía en la década de los veinte o treinta años, con muy pocos individuos alcanzando los cuarenta.

Para encontrar el siguiente hito en la historia de la humanidad, debemos viajar a los albores del neolítico. Ubicándonos en Oriente Próximo hace unos 10.000 años. La invención de la agricultura y la ganadería cambiará para siempre la forma de vida de los hombres. Pasamos de ser nómadas a sedentarios, pero el nivel de vida de la población seguirá manteniéndonos en el nivel de subsistencia. Como ponía de manifiesto  Malthus en su famoso: Ensayo sobre el principio de la población, publicado en 1798; en cualquier época, nueve de cada diez habitantes de la tierra se ven abocados a la más ominosa miseria y a un trabajo penoso. Sylvia Nasar, en La gran Búsqueda, lo expresa de forma diáfana: “El habitante medio del planeta vivía en la inanición o corría el riesgo de morir de hambre. Podía haber años buenos o años malos, regiones ricas o más pobres, pero el nivel de vida nunca se alejaba demasiado de la mera subsistencia”. Lo sostenido anteriormente, está refrendado por los datos obtenidos por el egregio economista británico Agnus Maddison: el PIB por habitante mundial hace 2.000 años era de unos 467 dólares, pasados mil años, el valor permanece inalterado, y en fechas tan recientes como hace menos de 200 años (en 1820), solo se había incrementado en 200 dólares, hasta los 666. A partir de ahí, motivado por la revolución industrial, se produce un crecimiento exponencial sostenido, de forma que en el 2008 el PIB por habitante se ha multiplicado por más de 11, llegando a los 7.600 dólares.

Podemos sostener que una parte sustancial de la población mundial (exceptuando el 14% que según la FAO presenta problemas de desnutrición), por primera vez desde nuestra aparición en la tierra como especie hace 100.000 años, se ha liberado del pesado yugo de la miseria que nos atenazaba y nos hacía vivir una vida: corta, brutal, violenta y dominada por la incertidumbre.

Una vez evaluada la dimensión material, pasemos a valorar la ética o moral. Para ello, necesitamos explicitar una norma de comportamiento deseable, para a continuación, determinar en qué momento nos hemos encontrado más cerca de ese ideal de conducta. La norma no puede ser otra que la regla de oro de la ética (existente en todas las culturas, y parte nuclear, asimismo, de todas las religiones. Su primera formulación se remonta a una obra literaria escrita en el antiguo Egipto: Historia del campesino elocuente, hace casi 4000 años. Recorriendo a partir de entonces todos los textos de los grandes filósofos con distintas formulaciones, como es el caso de Kant y su influyente imperativo categórico), que podemos enunciar como: se debe tratar a los demás como querrías que te trataran a ti. Una buena medida del grado en el que los miembros de una sociedad se distancian de la regla de oro, es el nivel de violencia existente en todas sus manifestaciones.

El motivo es claro: no hay nada que atente más contra la regla de oro que cuando por medio de un acto violento, una persona infringe un daño a la integridad física de un semejante. Recordemos que en la famosa pirámide de necesidades de Maslow, la seguridad se encuentra solo por detrás de las necesidades básicas fisiológicas. Para discernir si la violencia en la sociedad se ha exacerbado, o por el contrario, se ha atenuado, recurriremos a lo colegido en el último libro del prominente psicólogo experimental, Steven Pinker; Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones. En esta obra -loada entre otros por el ínclito filósofo especializado en ética práctica Peter Singer- Pinker, sostiene que la violencia ha disminuido tanto en el largo, como en el corto plazo, en un conjunto amplio de las disímiles manifestaciones del comportamiento humano: desde las guerras, crímenes violentos, violaciones, torturas, el trato para con los animales, etc. Para llegar a estas conclusiones incorpora ideas de campos tan dispares como: la criminología, literatura, teoría de las relaciones internacionales, historia…, utilizando como disciplina instrumental la estadística.

Por lo tanto, podemos sostener, que el 99,9% del tiempo que llevamos poblando el planeta, nuestra existencia ha sido abyecta; caracterizándose por una vida corta, jalonada por el hambre, la violencia, y la incapacidad para satisfacer las necesidades más básicas.  Esto no significa que la crisis actual no esté causando un gran sufrimiento, y muchas personas en términos relativos hayan empeorado sustancialmente su situación. Pero comparado con la que hemos vivido el 99,9% del tiempo, las diferencias son de otro orden de magnitud. De hecho, la renta media por persona según datos del INE, nos retrotrae a los valores del 2003. Si bien es cierto que la actual crisis se ha ensañado de forma más descarnada sobre los colectivos más vulnerables de la sociedad. Por lo tanto, demos gracias de haber nacido en el 0,1% del tiempo que nuestra especie lleva poblando el planeta azul y proclamemos con optimismo: el 99,9% del tiempo pasado fue peor.

2 Comentarios

  1. Muy buen articulo eduardo, da que pensar, en realidad en la sociedad actual hay muchas salidas y alternativas para salir de esta crisis solo hay que ponerle un poco de imaginación, y al mal tiempo buena cara, saludos

    • Gracias Pedro por el comentario.

      Es cierto, al final terminaremos saliendo, ya que la economía es cíclica. Aunque cuándo, cómo y los colectivos sobre los que recae el ajuste, depende en parte de las decisiones tomadas a nivel colectivo, es decir, de las decisiones políticas. Y en ese terreno, se están cometiendo muchos errores, tanto a nivel europeo como nacional.

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