Memoria de un confinamiento #05

Diario 1: Marta Serneguet Fresneda
Diario 2: Paula Jiménez Perales

Velocidad, inmediatez.
La vida pasa, se nos escapa entre los dedos y no nos damos cuenta.
Vamos como burros con orejeras hacia adelante hasta que nos frenamos en seco.
Entonces, tal y como se nos da la vida se nos quita, llega la destrucción, la limitación.
Se nos prohíbe hacer cosas que dábamos por hecho.
Nos destruyen.

Y es solo cuando, nos han destruido, cuando nos damos cuenta que dentro de la destrucción se encuentra la vida. Que al dejarnos rotos podemos recoger los pedazos y crear vida. Crear una nueva y mejorada versión de nosotros mismos. Frenar, respirar y mirar a nuestro alrededor. Darnos cuenta que hay vida en todas y cada una de las esquinas a las que miremos. Y que incluso en lugares en los que esta vida una vez fue destruida, luchando, ha conseguido, con el paso del tiempo resurgir más fuerte que nunca.

Diario 3: Cristina Arrés Lorente

Un par de semanas antes del confinamiento, decidí tatuarme una frase que dijo Cecilio G., justo después de salir de la cárcel en una entrevista, que posteriormente se convertiría en “gag”, una pequeña broma interna para mí: “Aguantamos esto y más”. Siempre había medido con cautela cada tatuaje, para no arrepentirme en ningún momento de habérmelo hecho, soy una persona muy indecisa y seguramente me arrepentiría enseguida. Pero este no, en este caso fue dicho y, a la semana, hecho. Casi 2 meses después, cuando salgo a que el sol me dé en la piel por la escasa vitamina D con la que cuento, me lo miro, lo leo durante un buen rato y pienso para mí, que sí, aguantamos, pero no mucho más, por favor.

Una vez cada dos semanas tengo que pasarme por Supercor de Kinépolis, ya que el supermercado a mi casa más cercano escasea absolutamente de cualquier fruta o verdura, mientras que allí es algo de lo que nunca falta. Antes del confinamiento, iba cada día a Kinépolis, mi gimnasio está allí y para llegar hasta él tenía que atravesar al menos a una veintena de niños y a un grupo bastante grande de personas que tranquilamente estaban en Los 100 Montaditos, cenando o tomando algo en familia y amigos. Siempre había gente, fuera la hora que fuera. A día de hoy solo hay carteles de suelo mojado. Como si alguien se fuera a resbalar estando completamente desierto.

 

Ahora no imagino otra cosa de la gente confinada en sus casas que no sea ansiando libertad a través de su ventana.

 

Una tarde cualquiera, ahora todas las tardes me parecen iguales y de las cosas que realmente disfruto es del sol y las canciones que aún desconozco, necesito escuchar canciones por primera vez y saber que va a ser la canción que voy a escuchar en bucle durante las próximas 48 horas. Es de las pocas cosas que puedes hacer por primera vez en tu vida en pleno confinamiento.

Tengo un amigo que me asegura que tiene para pasarme canciones durante meses, que mantenga la calma. Esa tarde le pedí que me compartiera canciones que me levantaran el ánimo y rápidamente me envió enlaces de canciones que pensaba que podrían conseguirlo. Le contesté algo tan simple como “Tabrazo” para expresarle las gracias y cariño. Me respondió “Ojalá”, un mensaje que se me clavó un poco en el pecho. Es verdad que no podría hacerlo, que algo tan simple como agradecer con afecto era algo imposible.


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