Deporte inclusivo, fisioterapia inclusiva

¿Deporte? Sí, pero inclusivo. ¿Vacaciones? Sí, pero solidarias. ¿Fisioterapia? Sí, pero para todos. A nuestro estudiante Antonin Biret le gusta mucho puntualizar, aunque siempre en positivo. Porque siempre quiere asegurarse de que, se trate del asunto de que se trate, nadie se quede fuera. Porque cree en la igualdad de oportunidades. Y porque excluir es un verbo que no existe en su vocabulario.

Llegó hace algunos años desde Mâcon (cerca de Lyon), «el pueblo del futbolista Antoine Griezmann». Y, aunque ya está encarando el final de sus estudios en Fisioterapia en Elche, no tiene pensado volver a Francia hasta no culminar su formación. Un currículum académico que empezó hace años con un título de educador deportivo para niños con discapacidad mental y que finalizará, siguiendo los consejos de su profesora Cristina Orts, con una especialización en pediatría en nuestro país.

Así es Antonin: además de solidario, un inconformista.

Antonin Biret, de Mâcon al CEU de Elche para formarse como fisioterapeuta con nosotros
Antonin, lo tuyo con la fisioterapia: ¿es algo de familia, tuviste siempre claro que querías ser fisioterapeuta?

A decir verdad, mi recorrido ha sido un poco raro. Hasta los 18 años quise ser abogado e incluso estudié para ello pero, en el último año, me cambié al deporte. Yo, desde siempre, he jugado al voleibol a nivel de competición y me aconsejaron continuar con esa línea para poder compaginar los estudios con el deporte.

En ese momento, decidí estudiar Ciencias de la Actividad Física y Deportiva (STAPS, en francés) y especializarme en deporte adaptado. Como siempre me ha atraído esa vertiente más social del deporte, pensé que sería una combinación perfecta. Cuando empecé a cursar la especialidad, entré en contacto con un equipo de fisioterapeutas en un centro de Nantes, donde hacía prácticas, y ahí lo tuve claro. Hasta ese momento, era un área que no me había llamado especialmente la atención, pero ver qué tipo de trabajo desarrollaban y cómo, terminó de convencerme.

A partir de ahí, hablé con una chica española que me recomendó venir a estudiar Fisioterapia a España, y me lancé a la aventura. La vida se ha encargado de traerme hasta el CEU de Elche.

Así que unes el deporte inclusivo con la terapia física y un deseo de ayudar a las personas con diversidad funcional. ¿De dónde crees que te viene esa sensibilidad, ese deseo de ayudar a los demás?

Sin duda, gracias a la educación que he recibido de mi madre, que ha sido mi inspiración. Ella ha vivido rodeada de personas con una realidad distinta, con dificultades, y me ha transmitido desde siempre esa necesidad de ayudar. Los valores que me ha inculcado siempre han ido en esa línea, desde pequeño.

«El mundo está lleno de diferencias, y la diferencia a veces también se convierte en una fuerza»

Tengo un tío que tiene una discapacidad mental y física, y tengo una relación muy especial con él. Es una persona que presenta dificultades para hablar y para relacionarse, pero desde siempre me he sentido muy vinculado a él.

Eso sí, cuando estudié mi primera carrera y me especialicé, me di cuenta de que lo que me interesa realmente son los niños que padecen algún tipo de patología. De hecho, cuando hice prácticas en la piscina con niños con autismo, disfruté muchísimo la experiencia: investigué sobre su realidad, me interesé mucho por intentar entenderlos y, sinceramente, creo que esa es la razón por la que quiero ser fisioterapeuta. Defiendo el deporte inclusivo y, en general, la inclusión a todos los niveles.

Cuando estás con un niño con ese perfil y trabajas con él, ¿qué es lo que percibes?

Yo parto de la idea de que, en la vida, lo normal o no normal no existe. Evidentemente, hay patologías, que es un concepto médico, pero el lenguaje también es muy peligroso y hay que cuidarlo.

En general, soy muy inclusivo en todo lo que hago: me gusta ver a un niño con síndrome de Down o con autismo, por ejemplo, interactuando con total normalidad con otros niños que no tienen esas características. Había algo especial en la mirada del primer niño con el que trabajé en la piscina: se reía, era feliz, podía sentir su ilusión. De hecho, llegamos a desarrollar una relación muy especial.

Sin embargo, hay que entender que cada caso es particular y una de las claves está en entender su comportamiento. Los niños con autismo, por ejemplo, repiten sistemáticamente gestos y ciertos movimientos de manos. Y ver cómo esos trastornos, en el caso que comento, disminuían en el agua, fue increíble. El niño mejoró muchísimo su capacidad de percepción, incluso su postura y su movimiento en el agua. Pero, más allá de lo físico, también logré trabajar con él cierta autonomía e independencia, algo también importante en niños con autismo.

Deporte inclusivo. Fisioterapia inclusiva. Sociedad inclusiva.

Nos han comentado que estás pensando en unas vacaciones «diferentes» para el verano que viene; algo relacionado con el voluntariado en África…

Yo, desde hace tiempo, aprovecho las vacaciones de Navidad para colaborar con una asociación llamada Voyages Adaptés. Básicamente, lo que hacemos es llevarnos de viaje a un grupo de personas con discapacidad durante tres semanas y pasar parte de la fiestas con ellos, incluyendo la San Silvestre. Y lo hago cada año, intentando adaptar en lo posible mi calendario a sus actividades.

Para el próximo verano, tengo en mente irme a África a hacer prácticas, pero dentro de un proyecto de voluntariado. Estoy gestionando, junto a mi profesor Jaume Morera, la gestión de las prácticas con una ONG llamada ADA Togo. En principio, todo parece en marcha e incluso tendré un tutor fisioterapeuta allí, tan sólo estoy pendiente de algunos trámites administrativos.

Una estupenda forma de unir solidaridad con tus prácticas profesionales: ¿cómo animarías a otros compañeros de carrera a unirse a este tipo de iniciativas?

Lo primero que les diría es que, cuando convives con este tipo de personas, te transformas totalmente. ¡Ni siquiera estoy seguro de saber explicarlo!

En mi vida normal, por ejemplo, soy una persona terriblemente impaciente. Bien, al lado de estas personas, me cambia totalmente el carácter. Cuando estás al lado de una persona que sufre un trastorno, el que sea, desarrollas en ti ciertas capacidades que nunca creíste poseer. Por ejemplo, la generosidad. Ten en cuenta que, cuando me he ido de viaje con grupos así, me he encontrado con personas que presentaban serias dificultades para comer o para ducharse. Y, no sé bien cómo, he llegado a olvidarme de mí. Parece como, si de una forma natural, sintiera la necesidad de centrarme en la otra persona, en sus necesidades: en que necesita mi ayuda.

«Gracias a mi madre y a mis propias experiencias de vida he crecido con la necesidad de ayudar a los demás»

Por otro lado, ¡aprendes mucho de la vida! Por ejemplo, a relativizar muchísimo las cosas: la tecnología, lo material, el orgullo… de repente, desaparecen de tu mente. De hecho, despejas tus pensamientos para dar paso a las relaciones, a las personas: yo he encontrado verdaderas amistades trabajando en este tipo de asociaciones.

También es justo decir que no es una experiencia fácil. Pensar que es algo idílico no es real porque, para empezar, no tienes horarios: hay que hacer un acompañamiento continuo, de día y de noche. Pero claro, la parte positiva pesa muchísimo más: aprendes a trabajar en equipo, creces como persona, desarrollas la empatía, la paciencia.

Y, ¿qué aspecto es el que tú considerarías más complejo?

El qué dirán, sin dudarlo. Es algo terrible pero tienes que aprender a olvidarte de él. Ten en cuenta que, según la patología que tengan, hay personas que gritan, que se tiran al suelo, que tienen reacciones imprevisibles; actitudes que, en general, la sociedad no termina de entender. Y tú has de forzarte a perder la vergüenza. En esos momentos es cuando hay que darles la mano, hay que apoyarles, hay que acercarse más a ellos.

Y, sin embargo, hay gente que mira, y que mira mal. He llegado a presenciar actitudes terribles que me han obligado a ser incluso un poco insolente, pero creo que también es mi responsabilidad educar a los demás. Afortunadamente, son casos excepcionales, pero el mensaje es muy contundente: hay que arropar a estas personas, pase lo que pase. El mundo está lleno de diferencias, y la diferencia a veces también se convierte en una fuerza.

Antonin, un apasionado del voleibol y de la fisioterapia pero, sobre todo, un defensor de la inclusión social
Con todo lo que nos has contado sobre el deporte inclusivo y tu compromiso con las personas, si pudieras lanzar un mensaje al mundo en este momento, ¿cuál sería?

No critiques y sobre todo, no gires la cara. Acoge a esas personas, acércate a ellas y date cuenta de que son exactamente igual que tú: seres humanos que sienten, se emocionan, se comunican… Quizás no lo hagan de la misma manera, pero utilizan todos los recursos que tienen a su alcance para transmitir sus emociones: a veces lo hacen con la mirada, otras veces con ciertos gestos. Sólo hay que saber interpretarlos.

Creo que es un error pensar que, en la vida, todos debemos actuar de la misma manera. A nivel profesional, mi objetivo es claro: fomentar la inclusión, favorecer la igualdad a todos los niveles. Tengo el convencimiento de que todo el mundo aporta un valor a nuestra sociedad, y estoy decidido a colaborar en ese sentido. Y lo haré con ONGs o a través de mi trabajo como fisioterapeuta. Precisamente, si hay algo que nos enseñan en mi carrera es que hay que ayudar a las personas que sufren algún tipo de patología o de dificultad.

Pero, al final, creo que la clave está en la educación. Hemos de procurar que las futuras generaciones se eduquen en la igualdad y en el respeto a la diferencia. Yo soy una persona muy optimista en ese sentido y me esfuerzo día a día por visibilizar y normalizar ese tipo de realidades. Además, lo que soy capaz de desarrollar y de crecer al lado de esas personas, tiene una dimensión enorme. Me quedo con eso: el amor de la gente es lo fundamental.


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