
Las infecciones respiratorias recurrentes son uno de los motivos de consulta más frecuentes en pediatría, especialmente tras la incorporación a la escuela infantil. Muchos padres se preguntan si las defensas de su hijo están fallando y si puede haber un problema alarmante detrás. Para poder responder, es importante entender cómo madura el sistema inmunitario a lo largo de la infancia.
En la mayoría de los casos, la respuesta es tranquilizadora. Un niño sano menor de seis años presenta de media entre seis y ocho infecciones respiratorias al año, y hasta diez o doce si acude a guardería o escuela infantil. Esta frecuencia no refleja un déficit inmunológico, sino la inmadurez fisiológica de un sistema que se está construyendo mediante lo que llamamos «exposición antigénica».
Un sistema inmunitario en prácticas
La inmunidad innata es la primera línea de defensa en los niños. La forman las barreras de la piel, las mucosas y células como los neutrófilos y los macrófagos, que reconocen señales comunes a muchos microorganismos y son capaces de eliminarlos.
La inmunidad adaptativa, a cargo de los linfocitos T y B, es más lenta en el primer contacto, pero mucho más precisa. Aprende a reconocer cada microbio concreto, fabrica anticuerpos a medida y lo recuerda para la próxima ocasión que se ponga en contacto con el niño, creando una memoria inmunológica.
El recién nacido tiene ambos sistemas, pero sin experiencia. Sus células de defensa innata responden con menos fuerza que las de un adulto, y su inmunidad adaptativa está orientada más a tolerar que a atacar, algo útil durante el embarazo y para acoger a las bacterias beneficiosas tras el parto, pero menos eficaz frente a los virus.
Primeros meses: anticuerpos maternos
Durante la gestación la madre transfiere al feto a través de la placenta parte de sus anticuerpos, las inmunoglobulinas G (IgG). Este paso se concentra en el último trimestre del embarazo y es uno de los motivos por los que los prematuros nacen con un sistema inmunológico más débil e inmaduro. Es también la razón por la que se vacuna a las embarazadas frente a la tosferina, la gripe o el virus respiratorio sincitial, ya que así protegen a su bebé desde el primer día. Tras el parto, la leche materna aporta otro tipo de anticuerpo (la IgA secretora) y además contiene sustancias que favorecen el crecimiento de bacterias intestinales beneficiosas para el bebé.
Sin embargo, esta situación tiene fecha de caducidad. Los anticuerpos maternos van desapareciendo en los primeros meses, mientras el bebé todavía no es capaz de producirlos. Por ello, entre los tres y los seis meses de vida la situación inmunológica de los niños es más débil y esto suele coincidir con el inicio de la guardería en algunos niños. En consecuencia, se inicia la temida avalancha de infecciones de repetición. En cualquier caso, es forma parte de la fisiología normal del desarrollo inmunológico de los niños.
Cada infección deja memoria
Cada infección superada va dejando huella. El sistema inmunitario del niño genera linfocitos de memoria con cada infección, células que permanecen años en el organismo y que, ante un nuevo encuentro con el mismo patógeno, reaccionan tan rápido que a menudo ni llegamos a notar la enfermedad. Poco a poco, el niño va construyendo su propia memoria inmunológica.
El problema es que existen muchísimos virus respiratorios distintos: rhinovirus, virus respiratorio sincitial, adenovirus, gripe, coronavirus estacionales… Solo de rhinovirus, el gran causante del resfriado común, hay más de cien tipos, y superar uno protege poco frente a los demás. Además, antes de los dos años, el sistema inmunitario responde mal a ciertas bacterias capsuladas como el neumococo, lo que explica que los más pequeños sean especialmente vulnerables a ellas.
Una de las grandes ventajas que tenemos es disponer de vacunas, que funcionan como un entrenamiento seguro, ya que enseñan al sistema inmunitario a reconocer un microorganismo patógeno sin precisar pasar la enfermedad. Algunas, como las conjugadas frente a neumococo o meningococo, están diseñadas precisamente para que el lactante pueda responder a esas bacterias capsuladas. No evitan por lo tanto todos los catarros, pero sí las infecciones bacterianas más graves, como neumonías y meningitis.
¿Qué factores influyen en la frecuencia de infecciones del niño?
- La guardería o escuela infantil: los niños comparten juguetes, se tocan la cara y aún no saben taparse al toser.
- La estacionalidad: en otoño e invierno los niños pasan más tiempo en interiores y los virus respiratorios circulan más en los meses fríos.
- El humo del tabaco: es un agente proinflamatorio de las vías respiratorias y aumenta la probabilidad de sufrir otitis y bronquiolitis, entre otras infecciones respiratorias.
- La microbiota intestinal: las bacterias intestinales ayudan a «educar» al sistema inmunitario desde el nacimiento.
- Otros factores: la prematuridad, el antecedente de alergia o la hipertrofia de las adenoides (llamadas popularmente «vegetaciones») pueden aumentar el riesgo de sufrir infecciones respiratorias.
Las medidas preventivas que funcionan son sencillas: lavado de manos, ventilar, evitar el humo del tabaco y sobre todo, tener el calendario vacunal al día.
Signos de alarma
Si las infecciones son leves, autolimitadas y el niño come, juega y gana peso con normalidad, casi siempre se trata de un sistema inmunitario sano que está madurando. Existen algunas señales de alerta que hacen sospechar una inmunodeficiencia y merecen consultar con el pediatra:
- Cuatro o más otitis nuevas en un año, o dos o más sinusitis graves.
- Dos o más neumonías en un año.
- Infecciones profundas o abscesos cutáneos u orgánicos recurrentes.
- Dificultad para ganar peso o crecer (fallo de medro).
- Dos o más infecciones invasivas, como meningitis, osteomielitis o sepsis.
- Antecedentes familiares de inmunodeficiencia.
En estos casos, el pediatra puede pedir un análisis de sangre sencillo, que incluye el recuento de células y los niveles de anticuerpos, y valorar si hace falta derivar al especialista en inmunología. Son situaciones poco frecuentes en las que una detección precoz puede mejorar mucho el pronóstico.
Nada dura para siempre
Las infecciones respiratorias de repetición son, en la mayoría de los niños, necesarias para el desarrollo del sistema inmunológico. Con cada infección superada y con cada vacuna, el sistema inmunitario madura y gana experiencia, y hacia los seis o siete años la frecuencia de infecciones suele disminuir de forma clara. Cada uno de estas infecciones mejora su respuesta frente a los patógenos que le rodean, manteniendo esta protección hasta la edad adulta.












