
Un pozo de sabiduría. Un ser eternamente humano. Con la fuerza de un Miura para defender lo justo, lo lógico y lo decente. Una persona excepcional, como ya no las hay.
Una cabeza privilegiada que, a sus 90 años recién cumplidos -el 12 de Octubre, ni adrede-, retenía toda la historia de España y del mundo, así como todos los detalles de sus múltiples destinos diplomáticos -muchas veces en zonas de peligro-, con una fidelidad y una plasticidad al contarlos como si aquellos hechos y acontecimientos hubieran ocurrido apenas ayer.
Una persona entregada y generosa, que compartía conmigo, contigo y con cualquiera, con humor y rigor a partes iguales, todo tipo de anécdotas, sucesos, hechos históricos, cifras y controversias mundiales que ya nadie recordaba, pero que son tan importantes para entender el momento presente. Como cuando participó en el descubrimiento, rebuscando en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores, de que el pueblo granadino de Huéscar seguía en guerra con Dinamarca desde las guerras napoleónicas, y promovió la firma de un simbólico armisticio en 1981 representando él mismo a la delegación española.
Como le manifesté frecuentemente, muchas veces necesitaba de sus elaboradas y exhaustivas crónicas para saber lo que yo misma pensaba sobre un tema o una crisis mundial. Cómo me va a faltar…
Siempre trajeado y con su pajarita tan característica, con la que otorgaba relevancia al acto público al que acudiera y mostraba su respeto hacia los organizadores, no dejaba indiferente a nadie. Su sonrisa humilde, unida al porte determinado de quien conoce los protocolos sociales, los ambientes académicos y los foros políticos internacionales, acompañaba un talante extraordinario, una gran capacidad negociadora, honestidad, clarividencia y un lenguaje culto pero directo. Y sin pelos en la lengua desde que dejó de estar en el servicio diplomático activo.
Un servidor de España, con un sentido del deber y un amor a la patria sin igual, que no rehuía ningún tema, por polémico o complicado que fuera, y que se documentaba hasta la extenuación antes de emitir su parecer, para que la suya fuera una opinión informada y justa. Siempre he pensado que, posiblemente, esta cualidad suya tan característica, que dotaba de rigor y fuerza a sus publicaciones, fuera una reminiscencia de sus tiempos como embajador, cuando debía informar regularmente al Palacio de Santa Cruz sobre los acontecimientos y la situación que se vivía en cada uno de sus destinos diplomáticos, con responsabilidad y total conocimiento de causa.
Su defensa a ultranza del Estado de Derecho, de los valores democráticos y del espíritu de concordia de la Transición (que vivió como protagonista, con posiciones cercanas al grupo Tácito) le honran y ayudan a entender su perfil. También lo hacen sus múltiples servicios a España, muchas veces en destinos en los que puso en grave riesgo su integridad y la de su entonces joven familia. Como cuando, en medio de la confusión de los acontecimientos posteriores a la revolución de los claveles, quedó retenido en Lisboa y se impidió durante horas eternas despegar al avión en el que iba a ser evacuado junto con otros diplomáticos españoles y sus familias, después de que una turba hubiera quemado el consulado español de la ciudad en el que trabajaba. En Bagdad, durante la guerra entre Irak e Irán, vivió también momentos de enorme tensión cuando, en la primavera de 1985, los misiles iraníes comenzaron a caer sobre la capital iraquí, poniendo en peligro a quienes se encontraban allí, entre ellos, él y su familia, que vivían en la Embajada española.
Acertadamente, resumía los rasgos del diplomático en seis palabras: disciplina, desarraigo, servicio permanente, responsabilidad, riesgos y tensión. Solo le faltó añadir vocación. Una vocación y una entrega totales, que él elevó a una altura estratosférica. Eso es lo que siempre definió a mi querido José Antonio; eso, y la vitalidad, el entusiasmo, la vehemencia y el empeño por las causas que merecían la pena.
Con su pérdida, se nos ha ido también un colaborador entusiasta e incansable de nuestro equipo de investigación sobre la crisis del Estado de Derecho en Europa. Y, además, pionero como miembro del mismo, allá por 2017. Nunca nos dijo que no a participar en un congreso, a publicar en un libro, a contestar a una entrevista o incluso a dar una charla a los alumnos de la CEU UCH.
Hablaba con autoridad científica, política y moral sobre los mejores años de nuestra democracia y la actual degradación de nuestras instituciones públicas. Nunca perdió un ápice de su capacidad de análisis ni de su auctoritas jurídica y ética. Se nos ha ido un gran amigo, y duele mucho. Pero se nos ha ido, sobre todo, un referente de las relaciones internacionales, un torrente de energía, un analista político sin par, un ejemplo de amor a España.
Visión y misión para mejorar las relaciones entre países y amor infinito a España. No veo otra manera de definirle.
Admirado embajador, respetado investigador, estimado amigo, queridísimo José Antonio: hoy lloro tu pérdida y el hueco tan grande que dejas en las relaciones internacionales y, sobre todo, en las vidas de los que te conocimos. DEP.