El que espera desespera, pero esperar no es algo que podamos evitar. Esperar es como respirar: si lo haces es porque estás vivo. Esperar es dejar pasar el tiempo que existe entre un punto de partida y un objetivo. Humanamente esperamos a menudo, e incluso perdemos el tiempo esperando. ¡Cuántas esperas se ha llevado Instagram en nuestra vida, mientras que con nuestro dedo pulgar pasábamos el tiempo! Esperar es inevitable, porque prácticamente vivimos “a la espera”: a que lleguen las vacaciones, a que pase la semana, a que levanten el confinamiento… La espera es algo tan cotidiano como vestirse: esperamos el tren, esperamos que empiece la clase, esperamos que acabe la clase, esperamos que se encienda el ordenador… la espera es, simplemente, dejar pasar el tiempo.

 

Sin embargo, no estamos hechos para la espera. La espera nos desespera. Cuanto más conscientes somos de que esperamos, más nos desesperamos. Por eso, podríamos decir que la espera es el transcurso del tiempo entre un punto de partida y un objetivo, siendo conscientes de ese tiempo que transcurre entre ambos. No es lo mismo esperar a que el ordenador se encienda mirando la pantalla y recordando que tenemos que formatearlo, a hacerlo mientras hablamos con otra persona. Cuando hablamos con otra persona, se nos olvida lo mucho que necesita nuestro ordenador un formateo. De ahí que la espera desespere. Es inevitable. Creo que muchos hemos experimentado, durante el confinamiento, lo ardua que puede ser la espera para poder salir a la calle, para hacer deporte, o simplemente para tomar algo en el bar.

«La espera podría convertirse en esperanza»

Por eso, la espera no es lo nuestro. La espera puede matarnos incluso, y hacernos morir de impaciencia. La esperanza es otra cosa. Si nos damos cuenta, la esperanza no puede confundirse con la espera, puesto que es una espera personalizada. Una visión secular de la esperanza puede ser aquella que nos la propone como la acción de esperar. De la misma manera que la acción de matar, puede convertirse en una matanza, o la de enseñar, en una enseñanza, la espera podría convertirse en esperanza. Creo que no. La esperanza no puede compararse a la acción de la espera, porque la acción de la espera desespera, que es cuando tomamos conciencia de que estamos esperando. Sin embargo, la esperanza, más que desesperar, empuja a esperar.

«Necesitamos, como san Pablo, esperar pudiendo decir: sé de quién me he fiado»

Quizá, podríamos ver en la esperanza una palabra compuesta, una espera operante. Si esto fuera así, concordaría con la experiencia de que la esperanza no es la acción de leer los tuits de los últimos cinco días mientras esperamos el autobús, sino que es algo más. Es una espera confiada, algo que nos afecta con mayor trascendencia que la simple espera, porque implica que necesitamos aquello que esperamos, más allá de lo que necesitamos un ordenador para seguir esperando que pase el tiempo. La esperanza es la espera con confianza y operante, de quien quiere alcanzar aquello que espera. Es la virtud propia de quienes son capaces de hacer algo más que esperar.

«La esperanza implica que necesitamos aquello que esperamos»

La esperanza es aquello que nos aleja de la utopía dibujando un horizonte casi imposible. Tenemos esperanza en aquello que necesitamos para vivir, o para morir. Hoy el top de la esperanza secular podrían repartírselo entre Pfizer y Oxford. Es cierto: en materia sanitaria, la esperanza está puesta en estas y otras instituciones. Sin embargo, la ansiada vacuna no agota la esperanza. La esperanza es tan pesada y tan cargante, que no puede sostenerse en cualquier cosa. A nivel social resulta fácil alimentarse de esperanzas más o menos evidentes, pero la esperanza personal necesita de algo más. Satisfacer a una masa enfurecida es más fácil que dar esperanza a los anhelos más profundos de una sola persona. Cuando alguien necesita esperanza, puede haber miles de signos para ella, pero si no le afectan personalmente, es como si le dijeran que mañana lloverá en la China, lo cual le dará igual (salvo que viva allí).

«A nivel social resulta fácil alimentarse de esperanzas más o menos evidentes, pero la esperanza personal necesita de algo más»

Y, llegados a este punto, quizá te preguntes… y todo esto, ¿a qué viene? Quizá, en este tiempo, sea bueno revisar nuestra esperanza. ¿En qué se sostienen tus anhelos y tus ilusiones? ¿En qué se basan tus proyectos? Es cierto que no es una pregunta fácil de contestar, pero las mejores preguntas nunca lo son. Sin embargo, vale la pena contestar a esta, porque te ayudará a vivir con sentido. Tu esperanza necesita una base firme para que no se desmonte a mitad de viaje y te veas como un náufrago a la deriva del océano inmenso. Quizá pienses que no es necesario preguntárselo, pero ¿qué ocurre cuando sostenemos nuestra vida en proyectos que no se realizan y se frustran? Que nos frustramos.

Estamos demasiado acostumbrados a tener futuro, pero lo que necesitamos es porvenir. El porvenir nos abre a aquello que no conocemos, a la novedad y la sorpresa que vienen a llenar nuestra vida. La esperanza cuadra más con lo segundo que con lo primero. Si nos conformamos con el futuro, es imposible tener proyectos, anhelos e ilusiones. Si nos abrimos al provenir, confiaremos en que aquello que parece improbable, se vuelve posible y esperable. Necesitamos una esperanza abierta a la grandeza del porvenir, que no se conforme con el futuro calculado y cerrado en la mediocridad. Una espera confiada, no desesperante, que se sustente en algo o alguien en quien poder confiar. Necesitamos, como san Pablo, esperar pudiendo decir: sé de quién me he fiado (2Tim 1,12). No podemos conformarnos con esperas a la sopa boba; necesitamos la esperanza de quienes, por encima de cualquier limitación, se abren a la novedad del porvenir para dejar que todo aquello que su corazón aspira a encontrar, se vea colmado más allá de toda expectativa.

«Tu esperanza necesita una base firme para que no se desmonte a mitad de viaje y te veas como un náufrago a la deriva del océano inmenso»


 

Domingo Pacheco es Capellán en el Campus de Alfara del Patriarca (Valencia) de la Universidad CEU Cardenal Herrera.

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