Hoy comenzamos un nuevo tiempo y un nuevo año litúrgico. Llega el tiempo de Adviento, y con Él recentramos nuestra esperanza, reconociéndola como un regalo de Dios que siempre abre nuestros horizontes. La venida del Señor que esperamos, adquiere en estos días una dimensión más presente.

Y, en esta espera, la primera premisa que nos propone el Señor es ¡velar! Estar preparados y dispuestos para su llegada, porque no sabemos ni el día ni la hora. El Señor nos ha dado a cada uno de nosotros una tarea. ¿Cómo sería nuestra vida si supiéramos que nos vamos a encontrar ya con Él? Seguramente, viviríamos con una espera casi impaciente, sin descanso para estar preparados a su venida. El anhelo del profeta Isaías de que venga el Señor, tiene que ser el anhelo de nuestro corazón.

El adviento es un camino que nos lleva a estar dispuestos para la venida del Señor. No podemos relajarnos, ni tampoco dejar de esperarlo. Nuestro corazón necesita estar dispuesto para encontrarse con Él. Y, ¿cómo lo preparamos? Preguntémonos: ¿qué espero yo? ¿Qué necesito en mi vida? ¿Qué me falta para ser feliz? ¿En qué centro mi esperanza?

Que el Señor nos ayude a preparar nuestro corazón para su venida, de manera que siempre estemos dispuestos a escuchar su voz en nuestra vida. Que nos ayude a reconocer el lugar que tiene Él en nuestra esperanza concreta, y podamos vivir nuestra vida con el sentido de aquél que espera recibir todo lo que necesita.

El adviento es un camino que nos lleva a estar dispuestos para la venida del Señor. UN TIEMPO DE ESPERANZA.

 

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