«El hombre de las cavernas tiene pinta de gentleman al lado del hombre moderno: reverenciaba a los muertos y se inquietaba por el más allá. Las ficciones pseudo-científicas nos lo representan como un mono sabihondo. Pero es para hacernos una buena conciencia y decir que nosotros somos menos patanes, puesto que somos monos depilados»

Fabrice Hadjadj

Pues sí, somos monos depilados, aunque unos más que otros. Queremos creer que tenemos poco que ver con aquellos hombres (anthropos, para los inclusivos) que nos anteceden, puesto que, si después de varios miles de años, no los hemos aventajado en algo, será como que no hemos invertido bien el tiempo. Sin embargo, la intuición de Hadjadj es que hay al menos un aspecto en el que estamos más involucionados que nuestros ancestros: la muerte.

Ocultamos la muerte y pretendemos hacer como que no existe, hasta que pasa por nuestro lado y lo pone todo patas arriba. La ridiculizamos, haciéndola ficción cinematográfica, como si de un juego se tratara. Todos reímos, hasta que encuentra a nuestros seres queridos, y entonces lloramos. Huimos de la muerte, y para llevar adelante esta huida, Hadjadj señala una triple estrategia que describe perfectamente lo que vivimos en nuestro día a día.

La triple estrategia

Primero, nos mantenemos apartados de los moribundos de verdad. Los viejos solo sirven si se comportan como jóvenes, puesto que de lo contrario, estorban a nuestra forma de vida individual. «Educamos a un ser en el olvido de su propia muerte y, de pronto, cuando esa muerte se acerca, lo abandonamos a su suerte y observamos, con las turbias delicias de una compasión epidérmica, la espantosa confusión en que se debate nuestro conejo de Indias».

En segundo lugar, multiplicamos la visión de las muertes ficticias, con el fin de banalizar la muerte. Hacemos como que conocemos a la muerte de maravilla: somos capaces de recrearla en el cine y en cualquier ámbito, incluso las más atroces y brutales, pero siempre desde la superficie. Estamos acostumbrados a ver a la muerte en películas, e incluso hacemos fiestas que se centran en la relación con la muerte ridiculizada en forma de zombis o muertos vivientes, ingerida a golpe de azúcar, como Halloween. Así, cuando llega la muerte personal, solitaria, insustituible, incomparable, ya sea la mía o la del ser amado, quedamos desarmados y nos ponemos a odiar la vida misma. Es en ese momento cuando nos damos cuenta de que la muerte era más seria que los muertos vivientes.

Y, en tercer lugar, destilamos la utopía de una inmortalidad terrestre. Negar la muerte va en perjuicio de la propia vida. Vivir en la ficción de que la muerte no va con nosotros nos lleva a no ser capaces de valorar la vida ni lo que la conforma. Así, el deseo de una vida siempre de color de rosa nos conduce a la más negra de las destrucciones: ambicionamos una vida libre y horas felices, y nos encontramos con una vida llena de responsabilidades y en las que las horas se oscurecen. Creemos que nos hemos deshecho de la muerte y eso sólo produce en nosotros el mayor de los engaños.

Mirar a la muerte a la cara

Estas pistas solo constatan que, en el intento de nuestra sociedad por eliminar a la muerte, sólo hemos agravado sus consecuencias. Se nos ha olvidado que, para aprender a vivir, debemos mirar a la muerte a la cara, no ocultarla. Por eso, pretendo ayudarnos a descubrir que solo podemos tener éxito en la vida en su conjunto, si tenemos éxito en la muerte, como nos recuerda Hadjadj. Vivir la muerte implica dejar de autoconvencerse de que solo es la cesación de un proceso biológico. Es asumir que la muerte es una mierda, sí, pero que no por eso tiene que tener la última palabra. El dolor se hace presente y permanece a nuestro lado, pero sólo cuando miramos al dolor a la cara sabiendo que es posible vencerlo, es cuando podemos seguir adelante con un sentido.

Cristo sufrió, pero el sufrimiento no tuvo la última palabra. No ridiculizó el sufrimiento ni la muerte, puesto que incluso después de resucitar conservaba las llagas de su Pasión. Cristo ha vencido a la muerte porque no huyó de ella, sino que la miró a la cara. No era un superhéroe de ciencia ficción ni nada parecido: es Aquél que vive la voluntad del Padre de manera perfecta. Por eso pudo ver la muerte como lo que realmente es: un enemigo, sí, pero no invencible. Su sufrimiento no fue de pega, pero no renunció a él. Su muerte no fue postureo, fue una muerte real. Sin embargo, en su resurrección ha vencido a la muerte, y si no que se lo digan a aquellos que no tuvieron miedo a la muerte por confesar su fe en Cristo. Nadie da la vida por una mentira.

No te estoy diciendo que celebres o no celebres cosas (para salir de fiesta no hacen falta excusas), te invito a que pienses y reflexiones si de verdad vives tu vida sabiendo el valor que tiene. Y, para descubrir el valor de la vida, necesariamente tienes que sopesar la existencia de la muerte. Muchos santos, amigos de Dios, a lo largo de la historia, han sabido mirar a la muerte a los ojos, con sencillez pero con fortaleza.

Para acabar, te dejo con una historia de Santo Domingo Savio.

Un día, Don Bosco preguntó a Domingo, mientras jugaba, una pregunta que a muchas personas dejaba pensativas. Llamando su atención, Don Bosco preguntó a Domingo qué haría si acabara el mundo en ese mismo momento. Domingo, al escuchar la pregunta, levantó la mirada y, con una sonrisa, dijo a Don Bosco: «Seguiría jugando». No es que Domingo fuera un inconsciente o que no viera la seriedad en la pregunta: Santo Domingo Savio tenía conciencia de que estaba haciendo lo que tenía que hacer.

Que la muerte no nos pille jugando a destiempo, y que seamos capaces de vivir la vida con la intensidad que pide cada momento, no sea que cuando nos llegue la hora, pensemos que solo hemos sido, nada más ni nada menos, que monos depilados.

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