En el evangelio de este domingo, el Señor nos previene contra la superficialidad, a través de la imagen de esta viuda que acude al templo y se gana el elogio del mismo Jesús, invitándonos a hacer una consideración: la distinción entre el futuro y el porvenir.

La viuda, en el tiempo de Jesús, era signo de indefensión, en tanto que se encontraba en una realidad en la que era difícil prosperar por sí misma. Y, tanto la viuda de Sarepta como la viuda del evangelio, obtienen su valor de poner toda su confianza en Dios, quien es verdaderamente su sustento. La viuda de Sarepta no duda en poner el panecillo a Elías, sin miedo a quedarse sin nada; la viuda del evangelio no da lo que le sobra, sino que da todo lo que tiene, sin importar la cantidad. Tanto la una como la otra se dan cuenta de que, en su situación, a pesar de vivir en precariedad, incluso lo poco que tienen está en manos de Dios, lo que les lleva a ser generosas.

Esto nos ayuda a darnos cuenta de que las dos viudas ponen en valor una medida temporal que nosotros necesitamos más a menudo: el porvenir. Vivimos llenos de futuro, pero no tenemos lugar para el porvenir. El futuro es el constructo que hacemos nosotros de lo venidero, los planes que preparamos pensando que todo será como dicta nuestra imaginación. Sin embargo, el porvenir es otra cosa. El porvenir no lo genero yo, sino que viene a mi encuentro. No es una circunstancia que yo domino ni que tengo la falsa sensación de dominar, sino que acepto que es algo que viene y que tiene su punto de misterio. Ahora bien, para tener porvenir, necesitamos confiar en que estamos en buenas manos, como estas dos viudas, que se sabían en las manos de Dios.

Para tener porvenir, necesitamos confiar en que estamos en buenas manos, como estas dos viudas, que se sabían en las manos de Dios.

El Señor aprovecha la escena de la viuda echando la ofrenda en el templo para poner la otra cara de la moneda que han mostrado anteriormente los escribas, que viven en la superficialidad, para que los demás los vean, labrándose un futuro. Jesús también aprovecha para recordarnos a nosotros que no tiene sentido que hagamos las cosas porque los demás nos vean, puesto que el que verdaderamente conoce nuestro interior y lo que sucede en nuestras vidas es Dios. Por eso nos invita a tener porvenir, a dejarnos en las manos de Dios con confianza, sabiendo que las manos de Dios nos cuidan y nos acompañan cada día.

Por eso, pidámosle al Señor que nos haga generosos con Él, para que dejemos todo en sus manos. Que seamos capaces de entregarle nuestro futuro, para que Él nos entregue un porvenir en sus manos.

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