Hoy escuchamos al Señor poner de manifiesto el amor a Dios y al prójimo como ley para nosotros, huyendo de polarizaciones que desdibujen el rostro de Dios o del otro, mostrando estos mandamientos como camino para llegar al cielo.

Ante la pregunta del escriba, Jesús responde con dos mandamientos que pone por delante de cualquier otro: Amar a Dios con todo, y amar al prójimo como a uno mismo. Un mandamiento es algo que es necesario que hagamos, una obligación, y Jesús nos dice claro qué tenemos que hacer.

Ahora bien, en este caso podemos recordar las palabras del Señor que dicen: «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Jesús ha unido el amor a Dios y la prójimo, poniéndolo como cima de los mandamientos de la Ley de Dios, y por eso tenemos que huir de polarizaciones injustas que nos hagan creer una falsa filantropía o una falsa piedad que nos aleja del otro. Si Jesús presenta ambos mandamientos unidos, se debe a la complementariedad que existe entre ambos: en la medida en que amamos a Dios con todo nuestro corazón, somos capaces de amar al prójimo como a nosotros mismos. No podemos amar al otro como necesita si no es amando a Dios y, como nos recuerda el apóstol San Juan, no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestro hermano, a quien vemos (cf. 1Jn 4,20).

No podemos amar al otro como necesita, si no es amando a dios como merece; y, como nos recuerda el apóstol san juan, no podemos amar a dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestro hermano, a quien vemos (cf. 1jn 4,20)

Que el Señor nos ayude a vivir estos mandamientos plenamente, sin pensar que uno excluye el otro, de manera que reconociendo la necesidad de complementariedad de ambos mandamientos, merezcamos recibir del Señor las palabras que dirigió al escriba: no estás lejos del Reino de los Cielos.

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