En mitad del camino cuaresmal, escuchamos hoy este evangelio en el que Jesús habla de destruir el Templo y reconstruirlo en tres días. Como sabemos, para el pueblo de Israel, el Templo es lo más sagrado, y escuchar esto les hace escandalizarse. Sin embargo, quienes escuchan a Jesús en ese momento no lo comprenden.

El evangelista nos recuerda que Jesús habla de su cuerpo, sin embargo los judíos no lo comprenden. Eso es mucho más impresionante, puesto que el templo al que se referían los judíos, era fruto del trabajo humano. Sin embargo, el templo del que habla Jesús es una obra de Dios: Él mismo. En un caso, la acción la desarrolla el pueblo; en el otro, es una obra de Dios.

Necesitamos asumir que Dios quiere actuar en nosotros

La acción de Dios es la que va a hacer que Jesús, muerto en la cruz, resucite, vuelva a la vida. En este sentido, Dios plantea algo inaudito y siempre nuevo. Nosotros, discípulos de Jesús, necesitamos asumir que Dios quiere actuar en nosotros. De la misma manera que la resurrección es obra de Dios, Dios puede reconstruir nuestras vidas con su gracia. De hecho, en la primera lectura escuchamos el texto de la alianza que Dios establece con su pueblo, pero san Pablo nos recuerda que nosotros seguimos al crucificado, y que es de Él de donde nos viene la fuerza de Dios que transforma y renueva nuestros corazones.

Pidámosle al Señor que ponga en nuestro corazón, en este camino cuaresmal, la certeza de que Él puede reconstruir nuestra vida y nuestro corazón. Que haga que nos involucremos en la obra de su gracia en nosotros, para que dando lo mejor de nosotros mismos, experimentemos la fuerza de Dios que transforma nuestra vida.

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