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En este domingo de Pascua, Jesús vuelve a aparecerse a sus discípulos, dejándoles su paz, y tiene un objetivo particular: que se den cuenta de que no es un fantasma, que es real. Y, para eso, hace dos cosas muy importantes: les enseña sus heridas y come con ellos.

Las heridas de Jesús permanecen en su cuerpo después de la Resurrección. No se borran, sino que siguen en su cuerpo glorioso. Estas heridas ayudan a los discípulos a reconocer a Jesús, porque ellos vieron a Jesús crucificado. Pero, además, Jesús come delante de ellos, después de haber dicho, en la última cena, que no volvería a comer hasta que fuera glorificado.

Las heridas de Jesús permanecen en su cuerpo después de la resurrección

Esto, a nosotros que celebramos la Pascua, nos invita a vivir algo muy importante. Las heridas no se borran, sino que son glorificadas. A veces, nos gustaría que las heridas desaparecieran, porque nos hacen daño y no nos gustan. Sin embargo, lo que hace Dios es integrarlas para eliminar de ellas el dolor, y hacerlas instrumento de Salvación. Pero, además, Jesús come con los discípulos, y se acerca a nosotros para ser nuestro alimento. Él es quien nos da fuerzas en nuestra vida cotidiana y permanece a nuestro lado para que nuestro ánimo no decaiga. Por tanto, Jesús Resucitado sana nuestras heridas y nos se nos da como alimento, para que descubramos que su presencia enriquece nuestra vida.

Jesús resucitado sana nuestras heridas y se nos da como alimento

Pidámosle a Jesús que nos ayude a valorar nuestras heridas, curadas por su amor y su misericordia. Y, también, pidámosle que nos ayude a vivir junto a Él cada día, necesitándolo como auténtico alimento y descubriéndolo en nuestro quehacer cotidiano.

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