FUEGO DE SAN ANTONIO

SAN ANTONIO ABAD O SAN ANTONIO ERMITAÑO  (250-356)
Pablo de Jaime Ruíz
José María de Jaime Lorén (2010)


Datos biográficos
Con apenas 20 años de edad escuchó en una iglesia el pasaje de San Lucas en el que Jesús decía: “Si quieres ser perfecto, anda, vende todo cuanto tienes y da el importe a los pobres”, cosa que hizo inmediatamente con sus considerables riquezas.

Al poco tiempo se estableció a vivir y rezar al borde de una tumba, luego en las ruinas de un castillo cerca del Nilo, y por último en una cueva formada por palmeras cerca de la costa occidental del mar Rojo, entregado por entero a la oración y a la penitencia, mientras era sometido a frecuentes tentaciones que probaron su virtud.

El año 311 dejó su retiro para animar a los cristianos de Alejandría con motivo de las persecuciones decretadas por Maximino, recibiendo la orden del prefecto romano de abandonar la ciudad, a la que regresará en 325 para combatir a los arrianos.

La fama de su santidad atrajo un crecido número de visitantes, y muchos ermitaños construyeron sus celdas en torno a la suya para que Antonio les dirigiera en la vida del espíritu. Se le atribuyen “Siete cartas” dirigidas a varios monasterios de Oriente, que comenzaron a rendirle culto tras su muerte. Este culto se propagó pronto a Europa donde se fundaron numerosos conventos de religiosos antoninos.

Su fiesta es el 17 de enero. En las imágenes que lo recuerdan suele figurar generalmente un cerdo, tal vez en memoria de las tentaciones que sufrió en su vida de anacoreta en el desierto, o a los puercos de los demoníacos girasenos conjurados por Jesucristo según el Evangelio.

En el siglo XII aparecen en España los primeros focos del Mal de San Antón o Fuego sagrado.

En el año 1214 vino a España la Orden de San Antón o Antoninos, precisamente para atender a estos enfermos, que sufrían brotes de ergotismo producidos por el cornezuelo del centeno, a los que dada la aparición en focos se les consideró contagiosos. La primera casa para estos enfermos se estableció en Castrogeriz (Burgos).

Por el peligro de contagio este tipo de hospitales, casi 400 en toda Europa, se construían fuera de los núcleos urbanos.

Para luchar contra la enfermedad se servían de los efectos benéficos de la letra griega Tau, que llevaban cosida en rojo en la túnica negra. Además no vacilaban ante el menor síntoma sospechoso de malignidad, en amputar brazos y piernas que colgaban posteriormente en la puerta del hospital.Desde el siglo IX al XIV y en menor grado hasta el siglo XV, se declararon epidemias de dicha enfermedad, especialmente en las regiones orientales de Francia, Rusia y Alemania, cuyas consecuencias resultaban más temibles, incluso, que las de la propia lepra. Así por ejemplo, se recuerda que durante el reinado de Felipe VI, en 1130, estalló una epidemia en la Lorena enfermando gravemente una gran cantidad de personas.

La dolencia experimentó un notable auge durante la Edad Media en relación con el Camino de Santiago, cuando acudían en peregrinación a Compostela muchísimos habitantes del norte y el centro de Europa, atacados por el Fuego o Fiebre de San Antonio.

La enfermedad, que se atribuía a un castigo divino por los pecados cometidos, provocaba alucinaciones, convulsiones, fuertes dolores abdominales, y sobre todo una quemazón fuerte que casi siempre terminaba en gangrena. Las mujeres embarazadas abortaban siempre. Los que la padecían podían eventualmente sobrevivir, pero perdían uno o más miembros.

Al peregrinar pedían a los clérigos de la orden franciscana de San Antonio, que tenían hospitales dedicados por entero a la atención de este mal a lo largo de la ruta, que tocaran sus extremidades con el báculo en forma de Tau, o que les dieran pequeños escapularios llamados Taus, o que los alimentaran con pan y vino bendecidos con el báculo abacial también en forma de Tau. Indicar que Tau es la letra hebrea y griega que empleaba San Antonio como su firma, muy utilizada por la iglesia por su semejanza con la cruz.

Poco a poco, mientras recorrían el camino, los enfermos mejoraban. Al llegar ante el apóstol Santiago estaban totalmente curados. Pero al regresar a casa, pasado el tiempo, volvían a enfermar, volvían a peregrinar y sanaban nuevamente. Estas infalibles curaciones milagrosas fueron parte de la consolidación del poder de Santiago y de la orden de San Antonio en Europa.

Hoy en día se sabe que el Fuego de San Antonio es una enfermedad vascular, conocida también como ergotismo, que se contrae al ingerir de manera habitual alimentos contaminados con toxinas producidas por hongos parásitos que se hallan fundamentalmente en el centeno. Los pueblos de norte y centro Europa tenían como base de su dieta el pan de centeno. Al recorrer el Camino de Santiago, su dieta cambiaba, pues en la Europa meridional la base de la alimentación era el pan de trigo, por lo que iban sanando paulatinamente Vemos pues como el ergotismo gangrenoso, lo producía el consumo prolongado del pan de centeno contaminado por el hongo del cornezuelo. Por eso el Hospital del Convento de San Antón de Castrogeriz, como el resto de instituciones similares que los religiosos antonianos tenían a lo largo del Camino de Santiago, curaba a los enfermos ofreciéndoles pan de trigo.

Fuego de San Antonio
Entre los milagros que se atribuyen a San Antonio Abad, destaca sobre todo el de la curación de la enfermedad conocida como Fuego de San Antonio. Por esta razón se le representa a menudo con una llama o fuego a su lado.

Esta enfermedad recibió también los nombres de Fuego sagrado, Mal de los ardientes, Fuego infernal o Fuego de San Antonio. Este último nombre data del siglo XI, en que se fundaron los monasterios de San Antonio Ermitaño, para atender a sus víctimas. El fuego de San Antonio se presentaba bajo formas muy distintas. En unos casos afectaba a las vísceras abdominales originando un cuadro que, aunque muy doloroso, por fortuna era de muy corta duración. En otros, más frecuentemente, el proceso comprometía sobre todo a las extremidades.

Los enfermos “atormentados por dolores atroces lloraban en los templos y en las plazas públicas; esta enfermedad pestilencial, corroía los pies o las manos y alguna vez, la cara”. Comenzaba con un escalofrío en brazos y piernas, seguido de una angustiosa sensación de quemazón. Parecía que las extremidades iban consumiéndose por un fuego interno, se tornaban negras, arrugadas y terminaban por desprenderse, “como si las hubiesen cortado con una hacha”. La inmensa mayoría sobrevivía, eso sí, quedando mutilados y deformados enormemente por la pérdida incluso de los cuatro miembros.

Por otra parte, la enfermedad atacaba a las mujeres embarazadas, en las que producía irremediablemente el aborto, incluso en los casos más leves. De hecho, las antiguas culturas orientales utilizaban lo que llamaban “granos negros del centeno” para provocar el parto.

¿Qué hacían para librarse del fuego de San Antonio? Fundamentalmente rezar, llevar amuletos benditos e ingerir infusiones de hierbas, pero a pesar de todo esto, la enfermedad seguía arrasando vidas, lisiando y matando.

Hasta finales del siglo XVI, los enfermos peregrinaban al santuario de San Antonio Ermitaño. Allí recibían los cuidados de los frailes antoninos, que llevaban marcada como distintivo una T azul sobre el hombro de sus túnicas. Es probable que esta T quisiera simbolizar las muletas que utilizaban quienes acudían en busca de sus cuidados.

El Hospital de la Orden de San Antonio de Viena, ya bien avanzado el siglo XVII, poseía una abundante colección de miembros, unos blanqueados y otros ennegrecidos, recuerdo de los enfermos que allí habían recibido asistencia.

Europa padeció cíclicamente epidemias y plagas de todo tipo que diezmaron a la población, desde gripes, peste, lepra y quizás la menos conocida de todas, pero la más terrorífica, el denominado ignis sacer, Fuego sagrado o Fuego de San Antonio. Los testimonios más antiguos se remontan a la época de los asirios 600 años a.C.

La primera noticia fehaciente que se tiene de esta epidemia está fechada en el año 1039, en la ciudad francesa de Dauphiné donde está enterrado San Antonio, famoso por sus visiones demoníacas, y por la protección que siempre ha prestado frente a enfermedades como la epilepsia, el fuego o las infecciones.

La epidemia más grande que se recuerda del Fuego de San Antonio se produjo en el sur de Francia donde murieron cuarenta mil personas, es el caso del “pan maldito” en el pueblo Pont Saint Esprit. La última importante ocurrió el año 1951, también en Francia, donde se utilizó para centeno contaminado para alimentar al ganado, extendiéndose la enfermedad a las personas de la que muriendo más de una docena además de cientos de afectados.

En 1597 la Facultad de Medicina de Marburgo decidió investigar los posibles orígenes de la enfermedad, llegando a la conclusión de que era exclusivamente debida a la ingestión de pan amasado con harina de centeno contaminada por el cornezuelo del centeno, Secale cornutum, que es el micelio de un hongo, Claviceps purpurea, que se desarrolla sobre todo en los años húmedos en las espigas del centeno, suplantando a un grano que resultaba destruido al desarrollarse este hongo.

Su color es negro violáceo y con una forma que se ha comparado al espolón de un gallo. El cornezuelo tiene la propiedad fisiológica esencial de provocar la contracción de las fibras musculares, en especial las lisas del útero y de los vasos sanguíneos. El alcaloide principal del cornezuelo del centeno es la ergotamina (Stoll, 1918), que es un paralizante periférico del sistema nervioso simpático.

En la historia del Viejo Mundo se describen misteriosas dolencias que afectaban a familias enteras, lo cual ocurría en determinadas épocas del año que coincidían con la confección del pan preparado con los “cuernos” del centeno.

Se la llamaba Enfermedad de los pobres. La intoxicación o ergotismo puede ser aguda, mortal, con trastornos vasomotores: hormigueos en los miembros, vértigos, pulso pequeño y lento, insensibilidad.

Después de un verdadero estado tetánico con períodos de depresión, torpeza, delirio alucinatorio, la muerte sobreviene pronto por asfixia. La intoxicación crónica depende de la ingestión de dosis pequeñas, pero repetidas. En ella predominan los signos necróticos a nivel de las partes distales (nariz, orejas, dedos), los cuales pueden sucumbir por gangrena debida a la intensa contracción de las arteriolas más finas con trombosis hialina. Las partes afectadas tienen un tinte azul negruzco, acompañándose su desarrollo y deslinde de vivos colores (ignis sacer, fuego sagrado).

El hecho de que la intoxicación por el cornezuelo del centeno producía abortos, era ya conocido por las mujeres que en la antigüedad hacían las veces de comadronas. En el siglo XVIII, algunos médicos europeos descubrieron que pequeñas dosis eran capaces de provocar contracciones espásticas del útero sin llegar a la intoxicación de los pacientes, con lo cual el cornezuelo pasó a engrosar el arsenal terapéutico, si bien con una indicación muy restringida en obstetricia. Su máxima difusión como medicamento fue en Norteamérica, en que gracias a la poderosa contracción uterina ejercida por su administración hizo que se le utilizara en las hemorragias postparto.

El control de las epidemias del fuego de San Antonio fue relativamente sencillo, en cuanto se comenzó a prevenir la ingestión de centeno contaminado. Por lo demás, la relación entre la ingestión del material tóxico y la aparición de los dolores consecuentes, era más o menos comprendida desde la niñez por la propia experiencia o por la enseñanza de los mayores. Pese a todo, estas epidemias de ergotismo continuaron apareciendo durante otros ciento cincuenta años hasta que al fin se generalizó el conocimiento de la acción tóxica del cornezuelo. Así fue como la Medicina pudo vencer a las epidemias del fuego de San Antonio, pero a pesar de ello, en las épocas de gran carestía, la espantosa necesidad de alimentos hizo que el instinto prevaleciera sobre la inteligencia, facilitando la aparición de pequeñas epidemias, como la declarada entre los campesinos rusos en el año 1888.

Bibliografía

ANÓNIMO (1988): Antonio Abad (San). Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, 5, 845-846. Madrid, Espasa-Calpe.

BEYA ALONSO, E. (1966): La extinción del Fuego de San Antonio y sus hospitalarios. Boletín de la Sociedad.

Española de Historia de la Farmacia, 68, 161-172. Madrid.

FOLCH JOU, G. (1986): Farmacia y medicamentos en la literatura técnico-farmacéutica. Historia general de la Farmacia. El medicamento a través del tiempo, 2. 448. Madrid, Sol.

SOLÓRZONO SÁNCHEZ, M.; RUBIO PILARTE, J.;

EXPÓSITO GONZÁLEZ, R. (2009): El mal de San Antonio o Fuego Sagrado.

José María de Jaime Lorén
Pablo de Jaime Ruiz
Universidad Cardenal Herrera-CEU (Moncada, Valencia)
(Octubre, 2010)

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