Lectura Jahá del pensamiento Dadá

Tristan Tzara, Manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo, 1920

Nada ha sido igual desde que se inventó el bicarbonato, aunque hay quien prefiere la sal de frutas. Es lo mismo. Los estómagos resignados a la acidez de las dietas grasas han encontrado un alivio, pasajero quizá, con el que sobrellevar digestiones pesadas.

Algo así debemos habernos tomado todos para que no se nos indigesten todas las manifestaciones artísticas que han ido desfilando durante el siglo pasado. La acidez de muchas de ellas y la pesadez de otras han demostrado que nuestros jugos gástricos son más corrosivos de lo que pensábamos y, sobre todo, que nuestro estómago ha resultado ser extremadamente elástico para tragárselo todo. Mirándolo por el lado positivo, un poco frívolamente quizá, hemos aumentado la variedad de nuestra dieta.

Sorprendentemente hay todavía un alimento al que todos tenemos una declarada intolerancia. Venenoso para algunos, que no han querido ni acercarse. Una chuchería poco sustanciosa para otros que lo han despreciado. Poco nutritivo. Incombustible. No degradable. Indigesto por naturaleza. Dadá

Hoy no voy a hablar de ellos para explicar sus chifladuras. Sus degeneraciones. Su más que probable desequilibrio mental. Sus tomaduras de pelo. Su descaro y su frivolidad. El asco que proclaman y que inexorablemente vuelve a ellos. El estandarte del absurdo y la provocación que izaron frente a las banderas de racionalidad, trabajo, tradición…

·          El germen del arte conceptual.

De todas las vanguardias del siglo XX, quizá la que ha influido de forma más profunda ha sido el surrealismo. Aparte de la esencia común de las vanguardias: su rotura con el pasado, su carácter dogmático, su ilusión salvífica… fue el surrealismo el que trastocó con más profundidad el significado y la naturaleza del objeto artístico. Mientras que el cubismo, el neoplasticismo, el constructivismo y el futurismo centraron su mirada en el objeto y su constitución, el surrealismo (y quizá también el suprematismo de Malévitch) dirigió su reflexión hacia el significado de las cosas, hacia el impacto que sobre el observador generan los objetos, hacia la huella que imprimen en su mente.

El surrealismo se presenta como un camino hacia un mundo mental de posibilidades ilimitadas, “un punto determinado de la mente en el cual la vida y la muerte, lo real y lo imaginado, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser percibidos como contradicciones […] El acto surrealista más simple consiste en salir a la calle, pistola en mano y disparar a ciegas, tan rápido como puedas apretar el gatillo, contra la multitud”.

A pesar de la libertad total en la asociación de imágenes propugnada por los surrealistas y aunque nunca crearon un lenguaje común, sorprende que fuera el movimiento más jerarquizado y controlado por el sumo sacerdote del surrealismo, André Breton, capaz de acoger, rechazar, elogiar, decidir o no la admisión y lanzar anatemas a todos los artistas que cruzaron su trayectoria en algún momento con la circunferencia bretoniana.

No reconocemos ninguna teoría. Basta de academias cubistas y futuristas, laboratorios de ideas formales. ¿Sirve el arte para amontonar dinero y acariciar a los gentiles burgueses? (…) Todos los grupos de artistas han ido a parar a este banco a pesar de cabalgar distintos cometas. Se trata de una puerta abierta a las posibilidades de revolcarse entre muelles, almohadones y una buena mesa. Las últimas vanguardias no han hecho nada más que escoger su menú. Nosotros vamos a elegir a quién nos comemos.

Dadá nunca quiso vincularse a una familia. Ni siquiera crear ella su propia familia. Simplemente vivió y se presentó a través de todos los que quisieron ser dadá hasta que quisieron dejar de serlo. A pesar de tener puntos coincidentes con el surrealismo, nunca mezclaron sus aguas. Y aunque Dadá está temporalmente en el germen del movimiento surrealista, fueron, en palabras de Breton, “como dos olas sobrepasándose la una a la otra alternativamente”. Olas que no mezclaron sus aguas, aunque Marcel Duchamp, Man Ray, Jean Arp, Alberto Giacometti, Joseph Beuys, Max Ernst, Picabia son personajes que se bañaron en unas y otras. Y configuraron entre todos ellos la base de buena parte del arte del siglo XX: expresionismo abstracto, arte pop, minimalismo y toda suerte de actividad artística alternativa.

Toda forma de asco susceptible de convertirse en negación de la familia es dada; la protesta a puñetazos de todo el ser entregado a una acción destructiva es DaDa; (…) la abolición de la lógica; la danza de los impotentes de la creación es dada; (…) respeto de todas las individualidades en la momentánea locura de cada uno de sus sentimientos, serios o temerosos, tímidos o ardientes, vigorosos, decididos, entusiastas; (…) Libertad: dADaDAdADadA, aullido de colores encrespados, encuentro de todos los contrarios y de todas las contradicciones, de todo motivo grotesco, de toda incoherencia: LA VIDA.

La creación de una camarilla surrealista rígida selló su fecha de caducidad el día en que Breton muere. No sabremos nunca si Dadá murió porque quizá jamás pasó de ser un fantasma. Pero muchos aún lo ven y se les aparece. Está dentro de mis pesadillas. Y no es raro. Al fin y al cabo las digestiones pesadas producen un mal dormir. Y ya he dicho que con los dadaístas no hay quien pueda.

Amo una obra antigua por su novedad. Tan sólo el contraste nos liga al pasado. Los escritores que enseñan la moral y discuten o mejoran la base psicológica, tienen, aparte del deseo oculto del beneficio, un conocimiento ridículo de la vida que ellos han clasificado, subdividido y canalizado. Se empeñan en querer ver danzar las categorías apenas se ponen a marcar el compás. (…)

Cada página debe abrirse con furia. Deja de contar historias, vívelas. Te presto mis paradojas y me las devolverás con intereses. (…)

RECETA PARA UN POEMA DADAÍSTA

Coger un periódico y/o una Biblia.

Coger unas tijeras.

Escoger un artículo del periódico de la longitud que quiera darle a su poema,

O un Capítulo ciertamente infame.

Recorte el artículo / Capítulo.

Recorte a continuación, con cuidado, cada una de las palabras que forman el artículo / Versículo y métalas en una bolsa completamente opaca.

Agítela suavemente.

Ahora

Saque los recortes uno tras otro.

Copie concienzudamente,

Copie concienzudamente,

Copie…

En el orden en el que hayan salido de la bolsa.

El poema se le parecerá.

 

·          Jahá[1] es Dadá.

Me siento un verdadero dadá. Porque lo soy o porque no lo soy. Eso nunca lo llegaré a saber porque Tristan Tzara me ha hecho un lío: “…los verdaderos Dada están contra Dada”. Es lo que tiene de bueno que te dejen ser o no ser y poder comentar todo lo dadá como si lo vieras desde fuera hoy y mañana desde dentro. Coger una idea y decir “me la quedo”; despreciar otra; hacer con tu patrimonio lo que quieras.

Dada se transforma –afirma-, dice al mismo tiempo lo contrario –sin importancia-, grita –pesca con caña.

Dada es el camaleón del cambio rápido e imprevisto.

Dada está en contra del futuro. Dada está muerto.

Dada es idiota. Viva Dada. Dada no es una escuela literaria, grita.

Las tonterías no lo son cuando las dice Tzara.

Soy dadá porque me gusta su exaltación de la vida frente al arte y su confianza en el arte como transformador de la vida.

DADA se quiere tragar la vida. Nada de piedad. Dada no es una curva pintada en un lienzo ni unas cuantas líneas escritas sobre hojas blancas. No hay obras que valgan si no hacen la vida mejor que el arte. Hasta ahora el arte no ha hecho más que decorar la vida, ahora quiere transformarla. Lalala.

Soy dadá porque me libera de una visión sesgada de la obra de arte y me abre un abanico de visiones.

Dada tiene 391 actitudes y colores diferentes (…)

DADA se quiere tragar la vida. Nada de piedad. Dada no es una curva pintada en un lienzo ni unas cuantas líneas escritas sobre hojas blancas. No hay obras que valgan si no hacen la vida mejor que el arte. Hasta ahora el arte no ha hecho más que decorar la vida, ahora quiere transformarla. Lalala.

Soy dadá porque el arte no se enseña (aunque se aprende), porque creo en la duda como generadora de arte.

A priori, es decir, con los ojos cerrados, Dada antepone a la opinión y a todo: La Duda. Dada duda de todo. Dada es tatú. Todo es Dada. No os fiéis de Dada.

Soy dadá porque verdaderamente estoy contra dadá. Es decir, porque no creo en el impulso ciego del creador. Porque no creo que detrás de la obra de arte no haya nada, ni siquiera ella misma.

La obra de arte no debe ser la belleza en sí misma porque la belleza ha muerto; ni alegre ni triste, ni clara ni oscura, ni nada en definitiva, nada de nada, niente, nada. Una obra de arte nunca es bella por decreto, nada puede ser algo por decreto, ¿quién decreta objetivamente y para todos? La obra de arte ni tiene ni puede tener amo, ni dueño, ni autor, ni usuario, ni observador, porque como tal no existe.

Lo que nos hace falta, lo que tiene interés, lo que no es habitual porque posee las anomalías de un ser precioso, la frescura y la libertad de los grandes antihombres, es EL IDIOTA. Dada trabaja con todas sus fuerzas por la instauración del idiota en todas partes. Pero conscientemente. Y él mismo tiende, cada vez más a volverse idiota.

Lo soy porque me gustaría ser idiota (como el Mishkin de Dostoievski). Porque el idiota es un ser desorientado pero no irracional[1].


[1]Después de leer todo esto os agradezco mucho que no me mandéis virus por e-mail ni os desahoguéis en mi buzón de voz.

Autor: Jahá (y para ver quien se esconde tras el acrónimo habrá que descargar el texto montado en PDF)…

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