¿Qué significa realmente ser feminista?

A pesar de que ser feminista es una etiqueta que, afortunadamente, cada vez más personas utilizan para definirse, es innegable que todavía queda mucho por hacer en la carrera por la igualdad efectiva de derechos entre hombres y mujeres. Y es que, aunque cueste creerlo, en pleno siglo XXI la desigualdad de género persiste en todo el mundo y fomenta el estancamiento del progreso social.

Con Ruth Abril, profesora de nuestra universidad y asesora de género, hemos querido aterrizar el concepto del feminismo para entender por qué sigue siendo necesaria la lucha y cuáles son las claves que pueden hacer posible el cambio: entender, visibilizar y analizar. Y, por supuesto, actuar.

El feminismo, sinónimo de justicia e igualdad

Ruth, ¿qué significa realmente, desde tu punto de vista, ser feminista?

Muchas personas somos feministas sin ni siquiera saberlo. En realidad, el feminismo es una corriente que busca, como teoría, destruir la discriminación entre hombres y mujeres en la sociedad. Y, como movimiento, lo que pretende es visibilizar, sensibilizar y hacer que esas actitudes discriminatorias cambien. En ambos casos, lo que se busca es la eliminación de la discriminación y, por eso, digo que muchas personas son feministas sin saberlo: porque es normal reaccionar ante una injusticia. Yo, personalmente, defiendo los derechos de las mujeres porque soy una firme defensora de los derechos humanos.

Un problema es que ser feminista parece lo contrario de ser machista, que de por sí es un concepto muy negativo. No tienen nada que ver: el feminismo busca la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres. La desigualdad es una realidad, como también lo es la necesidad de erradicarla, y así es sentido por una mayoría.

También es cierto que hay corrientes del feminismo radicales que buscan eliminar toda diferencia entre hombre y mujer. Por decirlo de forma simple: si somos lo mismo, no puede haber discriminación. Sin embargo, en la práctica esto no es del todo posible y creo que hay que eliminar esas desigualdades, permitiendo al mismo tiempo a cada uno ser y desarrollarse como lo que es.

Por término medio, las mujeres siguen ganando en todo el mundo un 24% menos que los hombres

Decididamente, la sociedad atribuye a hombres y mujeres unos roles y unas competencias que muchas veces no son las reales, y eso es lo que el feminismo intenta cambiar: ¿por qué una mujer no puede ser astronauta, arquitecta o matemática?, ¿qué influencias recibimos en la infancia que determinan esos roles? Si uno se fija, es muy fácil encontrar  disfraces de pilotos (hombres) y de azafatas (mujeres), pero no al revés; al final, con esas influencias construimos un modelo social en el que cada uno ocupa el lugar que parece que le corresponde.

Por otro lado, esas competencias que se supone que debemos adquirir son valoradas como buenas o correctas según quien las ha desarrollado históricamente. Así, si en los puestos de poder siempre han estado varones, es normal que su visión de las capacidades o de las maneras de actuar sea muy «masculina». Pero hay otras formas de gestionar las cosas.

La presencia de mujeres en puestos de dirección, por ejemplo, ha aportado muchísimo porque tienen una forma de gestión diferente; no mejor necesariamente. Quizás es necesario un equilibrio de formas, o que los hombres desarrollen unas competencias que no se les presumen a priori: ¿por qué presuponemos que un hombre debe ser autoritario y una mujer negociadora? Hay que educar a hombres y mujeres en esas distintas habilidades, porque ambas son necesarias.

Todo esto es lo que pide el feminismo, aunque haya personas que analicen y luchen con argumentos más agresivos. En todo caso, es un error pensar en el machismo como algo propio de hombres exclusivamente. Esto no es una guerra entre hombres y mujeres: la sociedad ha hecho que los hombres se hayan sentido cómodos en ciertas posiciones y elaborado las normas de convivencia desde su perspectiva; eso sí, en detrimento de las mujeres.

Personalmente, cuando doy conferencias sobre temas de igualdad, me alegra mucho ver a varones en el público porque sé que es difícil. Hay algunos discursos feministas que son agresivos y que pueden hacer que se sientan avergonzados o incluso atacados personalmente. Si la reivindicación se plantea como una lucha de sexos, entonces hay que entender al varón como un enemigo y creo que no es el camino: no conseguiremos la igualdad sin los varones o sin las mujeres. Este es un trabajo a nivel de sociedad.

Es más, la desigualdad tiene una clarísima repercusión en los varones, por ejemplo en los mecanismos y sistemas de conciliación: ¿por qué un hombre no puede conciliar trabajo y familia, si ésta es una responsabilidad compartida? Desde mi punto de vista, la sociedad no ha dejado muchas veces al varón meterse en la familia, de la misma forma que no ha dejado a la mujer ponerse a trabajar; eran como espacios cerrados que ahora por fin se van abriendo.

«No ser feminista es, en el fondo, no reconocer la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Y ese no reconocimiento te lleva a comportamientos machistas.»

Insisto en que ser feminista es algo habitual, aunque a algunos no les agrade porque se trata de un concepto muy denigrado. Y el uso de términos como feminazi no ayuda porque además es un insulto inaceptable. Es cierto que hay ramas del feminismo más radicales en sus formas pero también hay que entender que, en ocasiones, provienen de situaciones muy opresivas; y, ante ellas, se responde con medidas agresivas que llaman mucho la atención. Imagino que el término feminazi se acuña en relación a esa radicalidad, pero es totalmente inadecuado. Básicamente, porque sitúa en un mismo plano dos conceptos que no guardan ninguna relación: el feminismo y los nazis. Y se utiliza para referirse a personas que están defendiendo, con unas formas muy particulares, los derechos de las mujeres. Como digo, es insultante.

Esas formas de reivindicación más radicales, que buscan la confrontación, son además las que más visibilidad tienen. Sin embargo, una parte de la población no quiere identificarse con esas posturas y, ante ellas, se esconden. Nadie pide ser agresivo: lo que pedimos en realidad es que, si ves un acto de discriminación, simplemente no lo aceptes.

¿Qué políticas o medidas punteras se están tomando en otros países, y que crees que España debería seguir? Y al revés: ¿es España un referente en lo que a políticas de igualdad se refiere?

Las normas nos colocarían en una buena posición mundial. En España, hay muchas normas e instituciones que persiguen la discriminación en diferentes ámbitos, pero la realidad no se acomoda a la legislación. La ley va por delante de la sociedad porque está intentando forzarla, pero todavía queda camino por recorrer. Estamos en una fase de transición en la que, si bien vemos que la discriminación no es aceptable, necesitamos una interiorización más profunda.

Estudiantes CEU por la igualdad de derechos
La Unidad de Igualdad de nuestra universidad organiza múltiples actividades de sensibilización para los estudiantes

En cuanto a medidas, para mí una de las más eficientes sería la desagregación por sexo de todos los indicadores. Esto ya se hace en los países nórdicos, tanto en instituciones públicas como privadas, y arroja una información muy rica sobre el uso de espacios, preferencias de consumo, necesidades, etc. ¿Por qué? Porque el impacto general de una medida no refleja necesariamente las diferencias de la mujer.

Por ejemplo, imaginemos que un autobús interurbano (servicio público) lo utilizan 70 personas, lo que parece poco rentable. Sin embargo, si el 90% de los usuarios son mujeres de un determinado perfil sociodemográfico, sin carnet de conducir, la conclusión es otra. Son mujeres que seguramente no tengan otra posibilidad de moverse y necesiten esa línea de autobús para no sentirse aisladas.

El machismo camuflado, los micromachismos, el lenguaje sexista… son elementos que siguen estando muy arraigados en nuestra cultura pero que no dejan de construir la realidad: ¿qué podemos hacer cada uno para promover el cambio y la igualdad efectiva de derechos?

Para mí, lo esencial es siempre la visibilización. Uno no puede cambiar lo que no ve, y eso impide la reflexión. Ejemplos hay cientos.

En arquitectura y diseño urbano se está investigando mucho y es muy llamativo el uso de los espacios. Hay proyectos, por ejemplo, que buscan fórmulas para dedicar los espacios centrales de los parques infantiles a las niñas, que siempre quedan relegadas a las zonas periféricas. O, ¿por qué los cambiadores de bebé se ubican en los baños de mujeres? ¿Por qué las cocinas, tradicionalmente fuera de las zonas nobles de la vivienda, no se diseñan de una manera más integradora?

Las desventajas en materia de educación se traducen en falta de capacitación y, por tanto, de oportunidades para acceder al mercado de trabajo

Y, sin salir del espacio público, ¿alguien se ha planteado qué impacto tienen en las mujeres las medidas de ahorro en iluminación? Que ciertos caminos o zonas queden un poco más oscuras puede favorecer la comisión de agresiones, o simplemente generar miedo en las mujeres. Esto ya las excluye porque dejarán de utilizar esos caminos. Personalmente, pude vivirlo en Egipto durante la Primavera Árabe: las mujeres egipcias querían salir y participar, pero muchas no lo hacían. ¿La razón? Sufrían tocamientos en las manifestaciones y eran objeto de comentarios inadecuados que las incomodaban; se sentían incómodas y no asistían. Con esto, ya se sacaba a esas mujeres del espacio político.

Es muy importante visibilizar todo esto porque, haciéndolo posible, es posible reflexionar y empezar a trabajar de otra manera. Otro ejemplo sería el Ibuprofeno u otros medicamentos que no diferencian en su posología entre hombres y mujeres; y las mujeres, por razones físicas y hormonales, pueden necesitar una dosificación distinta.

Ser feminista, responsabilidad de toda la sociedad

Danos tres datos o tres titulares que nos hagan ver que esto de la igualdad entre hombres y mujeres no es, ni mucho menos, algo del pasado…

Ejemplos hay cientos. Hace poco, el actor Mark Wahlberg renunció a su sueldo al enterarse de que su compañera Michelle Williams estaba cobrando mucho menos por el mismo trabajo. La brecha salarial en Hollywood es un tema candente. Estos gestos son actos visibles que demuestran que se pueden hacer cosas sin necesidad de ser radicales.

Por otro lado, no hay que olvidar que los trabajos menos considerados y peor remunerados siguen estando copados por mujeres. Que muchas mujeres ancianas, viudas y migrantes están en un riesgo extremo de exclusión: porque no han cotizado, porque tienen ingresos muy reducidos, etc. Y esto, sin hablar de las mujeres gitanas, de la situación en India, de la ablación en África o de la violencia machista. Todo esto ha de visibilizarse.

Ni insulto, ni vergüenza: ser feminista es luchar por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres

A nivel social, el origen de muchas instituciones es machista, pero han podido evolucionar: ¿podemos decir que la democracia es machista? Recordemos que, al principio, sólo podían votar los hombres y que el sufragio universal llegó después. Incluso hay un aumento significativo de mujeres trabajando en instituciones del Vaticano, lo que demuestra que se puede evolucionar sin perder la propia esencia. Es indudable que, como sociedad, estamos avanzando.

Y, sin embargo, todavía nos queda mucho por reivindicar.


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